De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de que la gente cada vez sonríe menos. Espero que sea únicamente una percepción personal y que no se esté perdiendo no sólo la alegría, que ya es grave, sino también la cortesía y la amabilidad, que no lo es menos. Quizá es que la gente piensa que sonreír tiene necesariamente que ver con sentirse alegre. Pues no estoy de acuerdo. Sonreír cuando uno está alegre no tiene mérito, sale solo. Lo verdaderamente admirable, y me atrevería a decir que más saludable, es sonreír sin motivo. Y cuando sonreír sin motivo sale solo, ¡ya no se puede pedir más! Al hilo de esto, me pregunto si primero fue el huevo o la gallina… Me explico: ¿es la alegría la que hace brotar una sonrisa o es una sonrisa la que nos hace sentir más alegres?
Debates aparte, decía que la sonrisa es también muestra de amabilidad, respeto y cortesía hacia los demás, y mucho me temo que de esto sí que queda cada vez menos en nuestra sociedad. Se me ocurren cientos de ejemplos: pocos conductores de autobús sonríen al subir los pasajeros; en pocas tiendas el dependiente te dedica una sonrisa al atenderte; cuando alguien te empuja por la calle, da gracias si te pide perdón, pero aún más difícil es que esboce una sonrisa que suavice su gesto hosco -como si fuera culpa tuya que te hubiera empujado-; cada vez me cruzo con más personas que me ceden el paso pero no me sonríen, que me dan las gracias pero no me sonríen, que me piden disculpas pero no me sonríen…
Sin una sonrisa, las muestras de educación se convierten en automáticas y forzadas. Es más, prefiero una sonrisa silenciosa a un gracias adusto. Llevo nueve años, los que tiene mi hija mayor, repitiendo hasta la saciedad “se dice: gracias”, “se pide: por favor”, cada vez que mis vástagos abren sus boquitas por educar. Pero no sólo es lo qué se dice, sino cómo se dice: ese gracias y ese por favor, si no van acompañados de una sonrisa, valen bien poco. Si mis hijos no aprenden a sonreír a los demás -y no sólo para mostrar su alegría-, he perdido mi tiempo educándolos.
Ahora bien, no nos confundamos. No hablo de la sonrisa falsa. La sonrisa falsa puede resultar más ofensiva y descorazonadora que la ausencia de sonrisa. Hablo de la sonrisa que, aun habiendo brotado de forma automática, es sincera y muestra una disposición de ánimo amable y agradable hacia los demás. Por eso no voy a entrar en los traídos y llevados beneficios terapeúticos de la sonrisa, en risoterapias y demás inventos de la psicología moderna. Me niego a que sonreír se convierta en una obligación, como ir al gimnasio para perder peso. Me niego a limitar mi sonrisa a la duración de una terapia de grupo. La sonrisa no necesita excusas; es buena porque sí y punto; para uno mismo y para los que nos rodean.
Estoy convencida de que no es tan difícil sonreír, sonreír de verdad. Como estoy convencida de que cada una de nuestras sonrisas hacen un mundo mejor y más bello. Opino que eso a lo que llaman belleza reside únicamente en la sonrisa, dijo una vez Tolstoi. Amen.
Puede ser un buen propósito para el año nuevo: sonreír, sonreír, sonreír. Y ya me diréis si es la alegría la que hace brotar vuestra sonrisa o la sonrisa la que os hace sentiros alegres. Tal vez sean ambas causa y efecto…

6 comentarios
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12 enero 2011 a 10:13
Lord Buworld
Antes de nada, Feliz Año Nuevo, guapa Carla.
Has tocado uno de los puntos que yo he tratado en más de una ocasión en mi blog, el de la amabilidad, la cortesía, el respeto que, siempre que se producen en condiciones normales, van acompañadas de una sonrisa sincera. Lo que dices es verdad, las malas pulgas que se percibe en la sociedad en general se producen desde hace unos años. Hace poco le di la enhorabuena a un camarero porque me había tratado con una cortesía que, increiblemente, llamó mi atención. Hasta ese punto hemos llegado. Cuando alguien nos lanza una sonrisa sincera, a mí desde luego, me alegra el día. Por eso trato de corresponder de la misma forma. Pero cada vez nos lo ponen más difícil.
Pero me vas a permitir que te mande una sonrisa porque estoy seguro que, si alguna vez, tengo la suerte de conocerte en persona, me lanzarás una.
Un abrazo Carla.
12 enero 2011 a 17:27
carlamontero
Lord Buworld, mi sonrisa ya la tienes cada vez que te asomas a esta ventana. Gracias por la tuya y, como siempre, por tu comentario. Feliz año te deseo a ti también.
13 enero 2011 a 10:18
Susana
Como siempre fantástica
13 enero 2011 a 10:52
Luz Bartivas
Completamente de acuerdo contigo Carla, magnífico comentario. A mí me pasa lo mismo yo suelo sonreir a todo el mundo al ceder el paso, al dar las gracias, si se tropiezan conmigo, al entrar en una tienda… pero pocas veces recibo una sonrisa a cambio, algunas veces sí, tal vez porque les sorprende que alguien sonría, pero no es lo habitual y es ciertamente descorazonador pero no cejo en mi empeño, no, no es un empeño, es una costumbre, me nace, salvo cuando tengo migraña que entonces solo tengo ganas de huir y esconderme.
Yo también reivindico la sonrisa sin motivo!!! Y más ahora en esta época de malos humos…
(lo pongo tb en facebook)
27 enero 2011 a 20:47
José Ángel
Saludos Carla.
En mi trabajo las averías de la instalación se arreglan más rápido si hay buen ambiente y sonrisas. Si hay mal rollo y malas caras, no sé por qué extraño motivo los problemas duran más, lo que no ayuda mucho a mejorar la situación.
En mi casa, desde que tenemos al enano -va para seis años- las sonrisas son más habituales. Hay niños -y niñas- más inexpresivos o más tímidos, que no dan mucho juego; sin embargo, el nuestro tiene una cara muy expresiva, unos grandes ojos azules (que serán los de su tatarabuelo, porque los de su padre, azules sí, pero casi no se ven) y sonríe con frecuencia, con lo que se gana a todo el mundo enseguida. También se porta mal, como buen robot que no es, con los consiguientes enfados, claro.
La educación, esa gran desconocida de las nuevas generaciones, es algo que se enseña dentro de casa, no en el colegio como piensan tantos padres. Cuando le dan algún regalo, tratamos de que dé las gracias y añada un par de besos; tanto lo uno como lo otro no le cuestan trabajo, afortunadamente, pero hay que repetirlo con frecuencia, a ver si se le queda grabado en alguna neurona. En la calle procuramos que cruce con los semáforos en verde y por los pasos de peatones… y no le decimos que se calle cuando -en voz alta- comenta que tal persona está cruzando mal. Y así muchas cosas más, que no veo en la mayoría de los niños del barrio.
A mí la sonrisa no me sale espontáneamente. Tiene que haber un motivo, aunque sólo sea un pensamiento, para que se muestre. Supongo que la educación que recibí y mi carácter bastante tímido han marcado esa parte de mi expresión. Además, sigo sin ver el vaso medio lleno; no obstante, como casi le prometí a una amiga, trataré de ver que no se están tomando mi bebida y de que la botella de agua con la que pienso rellenarlo no está vacía.
¡Vaya! Si me descuido te cuento mi vida de un tirón. Tendré que dejar algo para la autobiografía.
Besos y abrazos.
Jose.
28 enero 2011 a 14:12
carlamontero
Hola, Jose. Con ese niño de seis años, de grandes y bonitos ojos azules, llenando tu casa de sonrisas y trastadas, tienes ya un buen motivo para sonreír y tener siempre llena la botella de las sonrisas. Además, nuestros hijos son un reflejo de nosotros mismos (qué razón tienes al decir que la educación se enseña en casa, para el colegio hay que dejar la lista de reyes godos), si sonríen es porque imitan nuestra sonrisa.
Muchas gracias por dejar aquí un trocito de tu autobiografía
Un abrazo.