Foto de Peter Haley. http://blog.thenewstribune.com/

Cuando era pequeña, como a la mayoría de las niñas, me encantaban las princesas. Como entonces no había tiendas de chinos y los disfraces costaban un dineral, solía ponerme los zapatos de tacón de mi madre y taconear con ellos escandalosamente por el pasillo mientras arrastraba alguno de sus camisones favoritos a modo de traje de noche fastuoso y principesco. La cosa solía acabar en regañina -a qué madre le gusta ver su mejor camisón pisoteado por el suelo-, pero yo tenía mi momento de cuento de hadas.

Cuando me fui haciendo mayor, empecé a verme ridícula con los zapatos y el camisón de mi madre, pero no por eso dejaron de gustarme las princesas. Es más, descubrí que la Historia, la aburrida Historia de los libros de texto, estaba llena de príncipes y princesas auténticos, cuyas vidas superaban con creces en romance, morbo, sexo e intriga a las de las princesas de los cuentos de hadas. La Historia, caí en la cuenta, no era sólo una sucesión soporífera de fechas y reyes godos, de batallitas y tratados de nombre impronunciable. La Historia es el escenario de todas las pasiones humanas, tanto las altas como las bajas -sobre todo las bajas, me temo-. ¡La Historia es el mayor culebrón del mundo! Nacimientos, matrimonios, divorcios, bastardos, asesinatos, intrigas, sexo, amor, traición, ambición, poder, envidia, muerte… todo está en la Historia; ni la literatura, ni el cine, ni los guionistas venezolanos han inventado nada.

Creo que mi afición por los acontecimientos del pasado tiene la fecha del día que mi profesora de Historia de tercero de BUP contó en clase el episodio del collar de María Antonieta. Después vinieron las películas de Sissí Emperatriz, los libros de “Historia de las historias de amor”, de Carlos Fisas, las visitas a los Palacios del Patrimonio Nacional…  Incluso, hubo una matrícula en Geografía e Historia que se quedó en matrícula (y no precisamente de honor) porque los primeros éxamenes se me juntaron con el papel de madre novata y aquello me sobrepasó. Pero no me importa, no necesito un título que acredite que me gusta la Historia y que me encanta  asomarme a sus páginas para tener mi dosis diaria de culebrón.

Y todo empezó con una niña que quería ser princesa. Pensé que yo sería de las últimas niñas que quieren ser princesas. La sociedad actual no está pensada para princesas. Pero me equivoqué. Tengo una hija que, con un disfraz largo hasta los pies y unos zapatos de tacón de la tienda de los chinos, sigue haciendo lo mismo que yo por el pasillo de casa: aturdir a los vecinos mientras vive su cuento de hadas.

Todas las niñas quieren ser princesas. No importa que las mujeres de hoy en día se divorcien, se recasen, se arrejunten, lleven pantalones, trabajen fuera de casa y tengan un master en Harvard; no importa cuánto evolucionen los referentes femeninos, nuestras hijas, y, seguramente, las hijas de nuestras hijas, seguirán queriendo ser princesas. Pero princesas de verdad, de las de antes, con sus vestidos largos, sus faldas huecas, su castillo y, sobre todo, su príncipe azul, uno y único para siempre, con el que ser felices y comer perdices. Y es probable que incluso las mujeres de hoy en día queramos ser princesas… ¿o no?

La semana que viene hablaré del collar de Maria Antonieta. Es una historia muy conocida, pero es bonito recordarla, y, además, así hago un pequeño homenaje a doña Carmen Barranquero, mi profesora de Historia de BUP. Hasta entonces, os dejo este aperitivo del famoso y espectacular collar.

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