El aire es frío y huele a agua de azahar y cada rincón se ilumina con una sonrisa de dientes de leche. Esta noche quiero creer que existe la magia y va entrar por mi balcón entreabierto. Sólo los niños pueden hacerlo, sólo ellos pueden creer, pero si hay una noche para volver a ser niño, ésta es.

Apretaré mucho los párpados para vencer los nervios y poder dormir; estaré segura de haber soñado con un arrastrar de mantos por el pasillo y una mano enguantada en el quicio de la puerta de mi habitación.

Ya vienen los Reyes, ya están aquí. Poned los zapatos bajo el árbol y dejad que la ilusión entre en vuestra casa.

Feliz noche mágica…

1. La primera fiesta de Año Nuevo de la que se tienen referencias históricas se celebraba en Babilonia (en la actual Irak). Tenía lugar a mediados de marzo, coincidiendo con el equinoccio de primavera, y duraba nada menos que once días (¡y nosotros nos quejamos de que la Navidad es larga!).

2. Los antiguos romanos consideraban el primer día del año el 25 de marzo, que era cuando daba comienzo la primavera. Por entonces era común el uso de calendarios lunares más adecuados a los ciclos agrícolas (la siembra, la cosecha…).

3. En el año 153 a.c., para poder planificar con tiempo las campañas militares de las Guerras Celtibéricas, se declaró el 1 de enero como primer día del año mediante un decreto del Senado romano .

4. Julio César fue el primer emperador romano que decidió acabar con los desfases de tiempo que creaban los distintos calendarios lunares utilizados en el Imperio. En el año 46 a.c. creo el calendario Juliano que contabilizaba 365 días al año y cada cuatro años, 366. Tenía 12 meses y comenzaba en enero.

5. El año que se implantó en calendario juliano se denominó Año de la Confusión pues para arreglar los desajustes hubo que contabilizar 455 días y agregar dos meses de 33 y 34 días entre noviembre y diciembre.

6. La fiesta de Año Nuevo fue abolida por los cristinanos por considerarla pagana y sustituida por la fiesta de la Circuncisión de Cristo.

7. Durante la Baja Edad Media, entre los siglos XI y XIII, se tienen referencias de celebraciones de Año Nuevo. Los británicos lo celebraban el 25 de marzo, los franceses, el domingo de Pascua y los italianos, el de Navidad, que entonces era el 15 de diciembre; sólo en la Península Ibérica se celebraba el 1 de enero.

8. La aceptación general del 1 de enero como día de Año Nuevo data de los últimos 400 años.

9. El calendario gregoriano, que es el que actualmente se emplea en casi todo el mundo, debe su nombre al Papa Gregorio XIII y sustituyó al calendario juliano en 1582. Se creo para ajustar el calendario civil con el calendario litúrgico.

10. El calendario gregoriano tiene un desfase de aproximadamente medio minuto al año con respecto al año trópico (el tiempo real que tarda la tierra en dar una vuelta completa alrededor del sol). Esto significa que cada 3320 años hay que añadir un día al año; lástima que me lo voy a perder…

11. El calendario gregoriano se fue implantando paulatinamente en casi todo el mundo entre 1582 y 1923. Grecia fue el último país en adoptarlo.

12. La tradición de tomar 12 uvas para despedir el año procede de Madrid. El primer registro que se tiene de ella es de un artículo de prensa de 1897. Parece ser que se inició entre las clases populares para ridiculizar la costumbre de la aristocracia y la burguesía de tomar uvas y champán en Nochevieja como hacía la nobleza francesa. En 1909, como consecuencia de un excedente en la producción de uva, los agricultores levatinos tuvieron la idea de popularizar el hábito por todas las regiones españolas. Y hasta hoy.

Pues bien, con estas 12 curiosidades a modo de 12 uvas me despido del 2010 y os deseo un MUY FELIZ 2011 y que nos sigamos encontrando en este rinconcito.

Hoy en día es fácil olvidarse de la esencia de la Navidad. Una esencia que, paradójicamente, no tiene sólo que ver con la religión, porque es una esencia común e inherente a la naturaleza humana. Para mí, la Navidad debería ser el momento de rescatar todo lo bueno que hay en cada uno de nosotros y compartirlo con los demás. La esencia de la Navidad es la esencia de la bondad humana. Algo así de simple. Algo así de complicado.

A veces se hace difícil creer en la bondad de la naturaleza humana. Pero basta con mirar alrededor para volver a confiar. Hace tiempo, mirando alrededor, me encontré con una historia maravillosa. Una historia humana. Un historia de bondad. Una historia mágica. Una historia de Navidad. Pero lo mejor de todo es que se trata de una historia real, rigurosamente cierta y, lo más sorprente, una historia de guerra.

24 de Diciembre de 1914. Ypres, Bélgica.

Hace un frío espantoso. Tras días de llover sin tregua y sin clemencia, ha caído una helada que ha cubierto de blanco el campo de batalla. Un blanco teñido de gris, sucio. En la trinchera huele a pólvora y a lodo, a cloaca y a pestilencia humana. Es Navidad.

Por la mañana ha llegado un paquete de Suffolk, de su casa. Ya ha tenido tiempo de leer un par de veces la carta que le envían sus padres. Ha tenido tiempo de sonreír y de llorar, de echar de menos a su familia hasta el dolor. También había un par de calcetines gordos de buena lana y un pedazo de Christmas pudding. Era un paquete lleno de calor y de hogar. Puede que sea cierto, puede que sea Navidad.

Son las seis de la tarde y la noche ha caído sobre los campos de Ypres. Se ajusta las botas desgastadas y cubiertas de barro, se abrocha el gabán frío y empapado, se pone el casco y se echa al hombro la bayoneta. Tiene que relevar a la guardia. En el bolsillo se ha metido un poco de Christmas pudding.

Las trincheras enemigas están a menos de cuarenta metros. Entre medias, las alambradas y un campo yermo, horadado, negro y cubierto de cadáveres sin retirar. Las trincheras se ocultan bajo parapetos de madera, sobre ellos, los alemanes llevan días colocando ramas adornadas con cintas de colores y casquillos de bala, con lo que pillan. Tannenbaum.

De pronto, le parece ver una luz temblando a lo largo de las protecciones de madera. Luego otra, y otra, y otra más. Son velas. Velas que iluminan la noche negra, que dibujan la silueta de las trincheras enemigas. Y se oye una canción.

-¿Escuchas? Es Noche de Paz -le susurra su compañero al tiempo que comienza a tararear. Él también lo hace. Es pegadiza la dichosa canción. Se lleva la mano al bolsillo y aprieta suavemente su pedazo de Christmas pudding. Los dedos le huelen a mantequilla, a gengibre y a fruta confitada. Es Navidad.

 
 
 
 
 

Soldados ingleses y alemanes fotografiados juntos en la Navidad de 1914

-¡Oye, Fritz! -grita su compañero. No se sorprende. Algunas veces se gritan de una trinchera a otra.

No hay respuesta…

-¡Eh! ¡Oye! ¡Buenas noches! -insiste. Está a punto de decirle que cierre la boca. Déjalos cantar en paz.

-¡Buenas noches! -se escucha al fin al otro lado de la noche.

-¿Cómo estás?

-Bien. ¿Y tú?

-Bien. ¿Por qué no vienes aquí, Fritz?

-Si voy, me dispararéis.

-No, no lo haremos. Ven y te regalo un pitillo. Es Navidad.

-No tengo miedo.

-Entonces, ven. ¡Vamos!

-No. Sal tú primero y nos encontraremos en el medio.

¿Está loco? Piensa. ¿En serio está dispuesto a salir? Sí lo está. Su compañero se está llenando los bolsillos de cigarrillos. Aún entona Noche de Paz cuando sube a lo alto de la trinchera. Lo ve alejarse veinte metros a través del campo, el hielo crujiendo bajo las botas y el aire gélido inflando su gabán. Pedazo de chiflado. Te van a pegar un buen tiro.

Pero no se oye ni un disparo. En mitad del campo hay un par de Fritz desarmados. Se estrechan la mano.

-¡Eh, chicos! ¡Venid! ¡Los alemanes tienen queso y aguardiente!

Se vuelve a llevar la mano al bolsillo. Él tiene un buen pedazo de Christmas pudding. Apoya la bayoneta en el muro y empieza a subir. Todos los soldados están saliendo como ratas de sus agujeros para encontrarse en medio de la No Man’s Land, la Tierra de Nadie. Sin armas, sin miedo, sin rencor. Es Navidad.

Esto es un relato novelado de cómo pudo comenzar lo que se conoce como Christmas Truce, la Tregua de Navidad. Pero según las cartas y testimonios de los que la vivieron no fue muy diferente. Fue una tregua no oficial, que surgió de forma espontánea (incluso frente a la oposición del alto mando de ambos ejércitos) a principios de la Primera Guerra Mundial. Se extendió por buena parte del frente occidental, en su mayoría durante el 24 y el 25 de diciembre, pero en algunos lugares hasta después de Año Nuevo. Lamentablemente, no fue una tregua total, pues en otros campos de batalla se siguió combatiendo.

Durante esos días, aquellos soldados, ingleses y alemanes, hombres al fin y al cabo, dejaron de lado sus diferencias para cantar juntos, beber y comer juntos, intercambiar regalos, anécdotas, chistes, felicitaciones e, incluso, recoger a sus muertos, los que habían caído en terreno enemigo, y celebrar una ceremonia de enterramiento conjunta. Algunos llegan a decir que se jugaron partidos de fútbol entre ambos bandos, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo acerca de la veracidad de este hecho.

Sea como fuere, no creo que pueda haber mayor expresión del espíritu navideño, ni mayor prueba de fe en la bondad humana.

Con esta bonita historia, imbuída de su espíritu, os deseo que paséis una muy, muy feliz Navidad, y que vuestra tregua no sea sólo el 24 y el 25 de diciembre, sino todos y cada uno de los días de vuestra vida.

¡FELIZ NAVIDAD!

http://www.christmastruce.co.uk/

No soy de sorteos ni concursos. Quiero que mis éxitos o mis fracasos dependan exclusivamente de lo que puedo controlar, de mis posibilidades. Y los sorteos fundamentalmente, pero también los concursos, tienen un componente de azar que, como no domino, prefiero evitar. Con esta filosofía, quién me iba a decir a mí que este blog, entre otras cosas, iba a ser producto de un concurso. Esta claro que no se puede decir: de este agua no beberé…

Disculpadme. No he hecho más que empezar y ya estoy divagando. Con todo esto vengo a deciros que no soy jugadora habitual de loterías, cuponazos, quinielas o primitivas… Salvo en Navidad. Más por tradición que por ludopatía, me gusta comprar todos los años alguna participación. Y creo que, como a mí, esto le pasa a mucha gente.

Este fin de semana, durante una comida familiar, nos dedicamos a fantasear con lo que uno haría si le tocase el gordo. Pagar la hipoteca, repartirlo entre los hijos, invertirlo, ahorrarlo, malgastarlo, colocarlo en un depósito al 4%… Da igual. Lo importante fue ese ratito de ilusión que compartimos junto con el cocido de los sábados. Mi cuñado Javier y yo llegamos a la conclusión de que, al fin y al cabo, ya sea un décimo o una participación, el de la lotería de Navidad es un precio justo que se paga por un momento de ilusión, en unas fechas propicias a soñar y a tener ilusiones. Y fue presisamente mi cuñado Javier quien me animó a escribir sobre esto en el blog; así que, Javi, este va por ti.

La lotería de Navidad no lo es sólo por celebrarse a pocos días del 25 de diciembre. Además, está impregnada del espíritu navideño, quizá más que muchas otras cosas en estos días. Es de los pocos sorteos en los que a la gente le gusta compartir su suerte: se regala, se intercambia, se envía grapada a una felicitación navideña acompañando a los buenos deseos para el año que entra. Empresas, instituciones y colectivos juegan un número en común y se unen en la ilusión y la esperanza de que les toque a todos el gordo. Quizá también por esta naturaleza navideña, se dice que el gordo de Navidad cae en aquellos lugares en los que se ha sufrido una desgracia reciente. Por eso, el año de la catástrofe del Prestige muchos fueron los que compraron su décimo en Galicia.

Lo que es evidente es que las fiestas empiezan el 22 de diciembre, con la retrasmisión del sorteo por la televisión y la radio y con las imágenes de alegría de aquellos que se han visto agraciados con los primeros premios. No importa donde y a quien le caiga el gordo, todos los años las imágenes se repiten: para cuando llegan las cámaras, ya están algo ebrios de felicidad y sidra El Gaitero, y, engalanados con espumillón y gorritos de Papá Noel, brincan, saltan y muestran su felicidad al mundo entero. Sí, señor, es entonces y no antes cuando empieza la Navidad.

Así que yo, año tras año, seguiré jugando, no mucho, pero lo justo para que la ilusión no se apague. Aunque sé que es dífícil que me toque el gordo. Ya me tocó una vez, un 22 de diciembre del 2005: pesó 3,380 kilos, midió 55 centímetros y le pusimos de nombre Luis; nació sólo diez minutos después de que los niños de San Ildefonso cantaran el primer premio. Desear que la suerte llame dos veces a mi puerta el mismo día sería avaricia. Me conformo con participar de la alegría colectiva que inspira el sorteo de Navidad de la Lotería Nacional.

Y si tenéis curiosidad por saber un poco más sobre el origen del sorteo, os dejo este link: http://www.elpais.com/sorteo/loteria-navidad/historia.html

Reconozco que no estoy nada puesta en vidas de santos, pero hay uno que siempre se me ha hecho especialmente simpático: San Nicolás. Ayer día 6 de diciembre, se celebraba su festividad y he querido hacerle un pequeño homenaje.

San Nicolás me gusta porque su imagen me recuerda a la Navidad, a la nieve de los países nórdicos, donde está muy arragaida su figura, a las caritas de ilusión de los niños y a la ternura de los ancianos bonachones; San Nicolás es el abuelo de todos.

San Nicolás nació en el siglo II, en lo que hoy es territorio de Turquía, en el seno de una familia adinerada. Fue ordenado sacerdote y al poco nombrado obispo de la ciudad turca de Myra. Cuando sus padres murieron, heredó toda su fortuna, la cual dedicó a obras de caridad y a aliviar las penurias de los menos favorecidos. Dicen que San Nicolás era un hombre generoso, bondadoso y con un gran sentido del humor, que siempre se apiadaba de los más débiles: los pobres, los esclavos y los niños. Así, muchos de los milagros y de las obras que se le atribuyen tienen que ver con los más pequeños. Cuentan que devolvió la vida a tres niños que habían muerto tras caer de un árbol o que evitó que tomaran como esclavo a un niño muy pequeño.

Sin embargo, el episodio que más nos acerca al San Nicolás navideño es aquel que relata la historia de tres niñas que iban a ser vendidas como esclavas por Marco, el jefe de la guardia romana de la ciudad, porque su padre, un anciano pobre, no podía saldar una deuda que con él había contraído. Enterado Nicolás del suceso, la noche de Navidad, dejó caer por la chimenea de la casa del anciano tres bolsas con monedas de oro para que pudiera pagar a Marco e impedir que se llevara a las niñas. Hay otra versión de la misma historia según la cual el anciano era tan pobre que no podía pagar la dote para que sus hijas se casaran, así que San Nicolás dejaba cada noche una moneda de oro en las medias que las jovencitas colgaban junto a la chimenea para que se secaran, hasta que por fin reunieron el dinero suficiente para poder casarse.

El último milagro que se atribuye a San Nicolás ocurrió durante la segunda guerra mundial, en la cuidad de Bari, Italia, a donde trasladaron su tumba desde Myra cuando Turquía fue invadida por los musulmanes. Durante un bombardeo, un niño se soltó de la mano de su madre en medio de la confusión. Cuando ya le daban por muerto, apareció sano y salvo en la puerta de su casa. Contaba el pequeño que un hombre, al que describía como San Nicolás, le había protegido y le había ayudado a llegar a casa.

Todas estas historias han contribuido a crear la imagen actual del San Nicolás que quiere y protege a los niños y les reparte regalos. En los países nórdicos se celebra la fiesta de SinterKlaas, en la que un hombre, vestido con túnica blanca y el manto y la mitra de obispo rojos, deja regalos y dulces en los zapatos que los niños ponen junto a la chimenea. Como dato curioso y patrio, se supone que SinterKlaas viene de España, lo que tiene su explicación en que Bari pasó a formar parte en el siglo XVI del Reino de Nápoles que por entonces pertenecía a la Corona Española. Lo gracioso es que a los niños que no son buenos se les amenaza con que SinterKlaas se los llevará a España… Hombre, se me ocurren cosas peores.

El popular Santa Claus, o Papá Noel, también es una evolución de San Nicolás con unos toques de marketing al más puro estilo americano. De hecho, la imagen actual de Santa Claus con su gran barba blanca y su traje rojo se la debemos a Hubdon Sundblom, dibujante y publicista de la compañía Coca-Cola, quien en los años 30 creó el Santa Claus rechoncho y vestido de gnomo que hoy conocemos, encargándose esta gran marca de popularizar y perpetuar esta imagen hasta nuestros días.

Sólo me queda añadir que uno de mis tributos a este Santo simpático y bonachón es mi último gran capricho: el cuarto de mis hijos. Desde que me quedé embarazada, sabía que iba a ser un niño y que se llamaría Nicolás. Así que el día 6 de diciembre es para mí un día especial: celebramos el santo de Nico, ponemos el árbol y el Belén, comemos los primeros turrones… A partir del 6 de diciembre, en casa ya huele a Navidad.

Será porque hoy estoy viendo nevar desde mi ventana y nevar es como llover pero despacito: la nieve sugiere lentitud, calma, silencio, sosiego…; invita a acurrucarse y suspirar; invita a reflexionar…

Será por eso que me ha dado por renegar de la aceleración vital en la que (yo y desgraciadamente la mayoría de la gente que conozco) me hallo sumida. Parece que hoy en día la clave del éxito y de la felicidad está en el “cuanto más mejor”. Palabras como productividad, velocidad, aprovechamiento y rendimiento guían nuestras vidas. Vivimos en un mundo regido por horarios, prisas, objetivos, competititividad. Haced una prueba bien sencilla: cuando estéis parados en un semáforo en rojo con el coche, no arranquéis nada más ponerse en verde; comprobaréis que no pasa ni un segundo antes de que el del coche de atrás os increpe con un sonoro toque de claxón.

Cuando luchamos permanentemente por convertir los segundos en minutos y los minutos en horas, ¿qué sitio dejamos al disfrute, al placer, a la simple experiencia de vivir la vida y no correr contra ella? Creo que la sociedad actual se encuentra sumida en un lamentable error de concepto en cuanto al ritmo al que deben hacerse las cosas.

Por supuesto, yo no soy la primera en caer en esto. La filosofía Slow ya tiene unos cuantos años. Surgió allá por los noventa en Italia, ligada a la alimentación: el Slow Food en contraposición al Fast Food, o lo que es lo mismo, la comida sana, pausada y elaborada en contraposición a la hamburguesa prefabricada que te engulles de pie en diez minutos. Después, esta idea de tomarse las cosas con calma ha ido calando en otros muchos ámbitos como la educación, los viajes, el sexo… la vida en general -hay incluso ciudades Slow-. El libro In praise of Slow (Elogio de la lentitud) de Carl Honoré, es uno de los máximos exponentes del movimiento Slow -http://www.carlhonore.com/?page_id=6-.

Es especialmente preocupante que esta vida de metas que nos hemos impuesto la hayamos trasladado a la educación de nuestros hijos. Dicen las estadísticas que entre un 4% y un 6% de los niños de entre 6 y 16 años pasa por episodios de depresión y un 5% de los adolescentes sufre un trastorno de ansiedad. ¡Por Dios, eso son enfermedades de adulto! ¿Qué les pasa a los niños de hoy en día?

En otro de sus libros, Under Pressure, Carl Honoré reflexiona sobre esto. La realidad es que hemos contagiado a nuestros hijos de nuestra aceleración. Con la mejor de nuestras voluntades y con la intención de sacar de ellos lo máximo, les hemos convertido en uno de nuestros proyectos y nos hemos olvidado de lo que son  -niños- para establecer todo un plan de lo que queremos que sean. Les hemos programado sus días, desde que se levantan hasta que se acuestan: además de la escolarización necesaria, les apuntamos a clases de violín, de chino, de manualidades, al método Kumon, tenis, ballet. Hemos programado incluso sus momentos de ocio con agendas de fiestas de cumpleaños y otras reuniones con los que queremos que sean sus amigos, con deportes los fines de semana, con actividades que por supuesto son para niños, pero son actividades… ¡No podemos verlos quietos un segundo! ¡Nosotros no podemos estar quietos un segundo para verlos a ellos quietos un segundo! Un niño, ante todo, necesita jugar, pero jugar libre, con su imaginación , con  otros niños, sin reglas más que las que él mismo se imponga, sin horarios… ¿Recordáis cuando nosotros jugábamos en la calle, en un mundo de niños, en el que los adultos sólo intervenían para llamarnos a merendar? Ahora, también queremos programar su tiempo libre.

Sé que en las puertas de los colegios se establecen auténticas competiciones entre padres a cuenta de las supuestas habilidades de sus hijos: el mío ya lee, el mío ya se sabe las tablas de multiplicar, el mío suma desde los tres años… Y sé de padres que intentan que sus hijos aprendan a leer o a escribir antes de que les enseñen en el colegio por eso de que vayan adelantados, forzando a los niños a ir a un ritmo que no es el que les corresponde, como si el desarrollo intelectual y emocional de sus hijos fuera una carrera contra los hijos de los demás.

Pues bien, según la filosofía Slow, cada cosa a su tiempo, con los niños también, con los niños sobre todo. Démosles un respiro y dejemos que sean niños, que crezcan y maduren a su ritmo y no al nuestro. Por supuesto, nosotros, como padres, debemos acompañarlos en este proceso: tutelarlos, guiarlos, apoyarlos, pero no empujarlos a crecer.

Así es con respecto a los niños, pero el Slow es una filosofía estupenda para todo. La cuestión es bien sencilla, no se trata de hacer las cosas despacio -yo me considero una persona activa que me aburriría solemnemente si hiciera todo a ritmo de tortuga-, se trata de hacerlas al ritmo adecuado. El problema es que hemos trasladado los ritmos acelerados que nos exige nuestra dimensión profesional a toda nuestra vida: nos aceleramos en el trabajo y ya no sabemos parar. No sabemos disfrutar de una buena comida sin mirar el reloj, ni dar un paseo tranquilamente sin tener que llegar a ningún lado; no sabemos dejar el reloj en casa, ni siquiera en vacaciones; no sabemos improvisar, porque la improvisación requiere salirse del plan y lo que se sale del plan nos genera pánico; no sabemos viajar sin una agenda de museos, compras y actividades que apenas dejan tiempo para sentarse a descansar los pies… A propósito del Slow Travel, últimamente he descubierto que los viajes que más disfruto son aquellos en los que no me pongo objetivos: si voy a Roma y no me da tiempo a ver el Coliseo, pongamos por caso, me da igual, ya volveré. Si voy a París y todo lo que hago es levantarme tarde, desayunar tranquilamente en un café y dar un paseo por el Sena, me doy por más que satisfecha; paso de estresarme por no llegar la primera a la cola del Louvre.

Para no aburriros con más sobre lo mismo: lo dicho, que yo me apunto al Slow… Aunque todavía no sé como hacerlo sin que el resto me atropelle al pasar… ¿Os apuntáis vosotros también?

Últimamente me da por recrearme con notable frecuencia en la nostalgia; en una nostalgia agradable, de esa que da calorcito y arranca una sonrisa. Eso de mirar más hacia atrás que hacia delante debe de ser síntoma de que me estoy haciendo mayor… Ya hemos hablado de los libros que leíamos cuando éramos pequeños e incluso de nuestros juguetes favoritos. Me quedaban los programas infantiles.

Desde hace unos días, hay en Facebook un movimiento para cambiar las fotos de perfil por fotos de personajes de dibujos animados, de modo que, en vez de ver las caras de tus amigos, ves las de el pato Donald, Triqui, Bugs Bunny o Calimero, entre otros muchos. Inevitablemente, a raíz de esto, he empezado a recordar a todos aquellos personajes que acompañaron mis tardes a la vuelta del colegio, mientras merendaba. Visto desde hoy, cuando hay varios canales que emiten 24 horas programas exclusivos para niños, parece imposible que en mi época -y de esto sólo hace treinta años, ¡que no soy tan mayor!- sólo hubiera un par de horas de programación infantil al día y algo más los sábados. Ahora entiendo por qué mi padres compraban discos con narraciones y efectos de sonido de los cuentos populares: la única forma de sofronizarnos a la hora de la cena cuando ya no había televisión para niños era tenernos pegados al tocadiscos.

Los niños de mi generación esperábamos con avidez nuestra dosis de programación infantil y, cuando terminaba, ya estábamos deseando que fuera el día siguiente para tener más. Yo me veo llegando del colegio, deshaciéndome del abrigo, la cartera y los zapatos y tirándome en el sofá, con un vaso de leche y un Tigretón (en el mejor de los casos, pues normalmente eran galletas), a ver Barrio Sésamo. Aún tengo grabada la imagen de la presentación de Barrio Sésamo en la que una niña, en vez de deshojar una margarita, le ponía los pétalos, porque el vídeo estaba pasado al revés. ¡Aquello me alucinaba! Me acuerdo de la gallina Caponata y el caracol Perezjil, de Espinete y Don Pimpón y de Chema el panadero; también, cómo no, de Epi y Blas, Coco, Triqui, el conde Draco, la señorita Pitita… Todos ellos eran nuestros compañeros de lunes a viernes, junto con algún que otro episodio de Hannah Barbera: los Picapiedra, Don Gato, Pixie y Dixie… Las dos horas no daban para más y la Familia Telerín con su “vamos a la cama” o el monstruo Casimiro ponían fin a nuestro ratito de sueños.

Llegado el fin de semana, la cosa mejoraba: casi toda la mañana había programación infantil. Era cuando emitian Sabadabadá, con el inagotable Torrebruno. Y ya más adelante, el programa de la Bruja Avería y los Electroduendes, del que no me perdía uno porque incluía episodios de Embrujada y Los Monster.

Los sábados y los domingos eran geniales y es que había ración doble: también ponían dibujos después de comer. Heidi, Marco (que nunca me gustó especialmente porque era demasiado triste); Dartacán y los Tres Mosqueperros, La vuelta al mundo de Willy Fog y David el Gnomo, las primeras series de producción española (las firmaba Claudio Biern Boyd) que tuvieron éxito internacional.

Ahora bien, la orgía de programación infantil llegaba con las Navidades. Si en este instante me preguntaran por un recuerdo de mi infancia, diría sin dudar: una tarde de Nochebuena, comiendo turrón de yema y viendo el Correcaminos. Y es que para Navidad se reservaban los dibujos de más categoría: los de Disney, los de los Looney Tunes, Snoopy, Tom y Jerry. Me imagino que sería carísimo comprar material de estas productoras y que por eso se guardaban para ocasiones especiales. Un corto de Mickey Mouse (ya no digamos una película de Disney, que eso sólo se podía ver en el cine) era algo de lo que los niños de los 70 y primeros de los 80 no disfrutábamos muy a menudo.

Sé que me dejo mucho en el tintero: los inolvidables Payasos de la Tele, los Pitufos y Candy Candy (Uy, Candy Candy, ¡menudo culebrón!). Pero seguro que vosotros me ayudáis a completar la lista. ¿Os animáis a poneros nostálgicos conmigo? Seguro que más de uno ya está tareando la cancioncilla de su serie favorita.

Antes de despedirme, os dejo este link a un corto de Tom y Jerry interpretando la Rapsodia Húngara número 2 de Liszt; para mí, uno de los grandes momentos de la historia de la animación. Atención a las caras del ratón.

"Cupido y Psique" de Antonio Canova

Beso… Qué palabra más hermosa, simplemente pronunciarla ya es como estar besando. Beso… Es una palabra inspiradora, evocadora, siempre de buenos momentos: de cosquilleos, de latidos, de sentimientos a flor de piel, de pulmones hinchados de dicha, de ojos cerrados y de suspiros.

El otro día me topé con un beso. Tengo la suerte de toparme con varios a lo largo del día, pero me refiero a que me encontré con el beso en internet, con la historia del beso, para ser exactos. Nunca antes me había planteado dónde nace uno de los gestos más hermosos que puede hacer el ser humano -así como distintivo de nuestra especie, los animales no pueden besar en un sentido estricto de la palabra-, pero fue curioso averiguarlo y por eso quería compartirlo con vosotros.

En realidad, hay varias teorías acerca del origen del beso, pero desde un punto de vista antropólogico surge en el Paleolítico Superior, cuando las madres Cro-Magnon juntaban su boca a la de sus hijos para pasarles el alimento que previamente habían masticado. Sin embargo, los primeros besos propiamente dichos se dieron a objetos sagrados, para así recibir de ellos su influencia mágica o sobrenatural. De ahí la costumbre de besar en pies y rodillas a reyes y sacerdotes. Incluso hoy en día, los aborígenes australianos besan la tierra para recibir de ella su energía. En definitiva, el beso parece ser que se inició como una forma de transmisión y recepción de vida para posteriormente ir evolucionando hacia una vertiente más espiritual  conectada con la idea de hálito y de amor.

De hecho, en la mayoría de los cuentos populares, tras el beso se devuelve la vida -la Bella Durmiente, Blancanieves- o se produce la transformación -La Princesa y el Sapo, la Bella y la Bestia-. En esta misma línea de insuflar un hálito, de compartir una experiencia vital, observamos en otras culturas comportamientos similares. Por ejemplo, el conocido beso de los Inuit, los esquimales, que se frotan la nariz. Circula por internet la historia de que en las islas Tinquia, en el Pacífico, las parejas aproximan sus bocas, sin llegar a rozarse, para aspirar durante unos minutos el mismo aire… Dudo de que sea verdad porque no existen tales islas de nombre Tinquia, pero de todos modos es bonito, ¿no os parece? Y no es descabellado pensar que en otro lugar y en otro momento eso pudiera llegar a ser cierto.

Hay muchos tipos de beso:

El beso de ternura, ese que le damos a nuestros hijos mientras duermen.

El beso de consuelo, sobre las lágrimas de quien llora.

El beso como saludo, el que casi lanzamos al aire mientras rozamos la mejilla de un amigo o de alguien que nos acaban de presentar.

El beso baboso, es el beso de los niños, todos dejan su marca particular, incluso pegajosa, en esos primeros besos tan ricos de unas boquitas torpes.

El beso de mariposa, ese en el que las pestañas hacen cosquillas en las mejillas de aquel al que besamos (a mis hijos les encanta).

El beso de pasión, el único que es capaz de aumentar nuestro ritmo cardíaco a 150 pulsaciones, elevar nuestra temperatura corporal y hacernos liberar endorfinas, andrenalina y feniletilamina, un cóctel que nos acerca al cielo.

El beso de amor… ¡Ay, el beso de amor! No voy a mancillar el beso de amor intentando describirlo con palabras.

Podría eternizame hablando de besos. También hay besos que saben amargos, como el beso de Judas, que es el de la traición, o el de Jacob, que es el de la codicia; o el beso triste de despedida. Pero me quedo con los besos dulces.

El beso está en la pintura, en la escultura, en la literatura, en la música, en el cine, en casa, en la calle… Afortunadamente, el beso está por todas partes. Los expertos recomiendan seis besos diarios para generar bienestar. Yo os recomiendo que déis cuantos más besos mejor, es una buena receta, sencilla, deliciosa y muy, muy saludable.

Este fin de semana, mi amiga Gracia ha rescatado del trastero unas cajas llenas de magia y de nostalgia: las cajas de los juguetes de su infancia. He visto unas fotos de sus Nancys, la he oído hablar de sus Barriguitas y del Ibertrén y me he contagiado de esa magia y esa nostalgia.

Nadie olvida los juguetes con los que jugó de niño ni los buenos momentos que pasó con ellos. Los juguetes me traen recuerdos de tardes de lluvia, de días de Reyes, de anginas y varicela, de vacaciones, de peleas con mis hermanos, de premios por las notas, de santos y cumpleaños, pero, sobretodo, de horas y horas de entretenimiento, de imaginación y de fantasía.  Es más, creo que el embrión de las historias que invento para mis libros está en las que un día inventé para mis juguetes.

La Nancy, la Rosaura, el CinExin y el Exin Castillos, los clicks de Famobil -que ahora son los Playmobil, aunque yo siga llamándolos clicks y mis hijos me miren con cara de pasmo-, los Madelman, la Barbie y los Juegos Reunidos Geyper son algunos de los juguetes que marcan una generación, la mía, la de los que podemos corear las tonadillas de sus anuncios y nos sentimos parte de una hermandad cuando exclamamos: ¡Yo también tenía el CinExin y las películas se veían fatal!. Algunos de estos juguetes han resistido el paso del tiempo y, más o menos modernizados, nuestros hijos juegan con ellos; otros se han quedado por el camino y perviven en nuestra memoria.

Pero lo que es evidente es que los juguetes definen las generaciones. Si preguntamos a nuestros padres, seguramente nos hablen de otros juguetes. Mi madre, por ejemplo, recuerda la Mariquita Pérez -hoy revitalizada pero más bien para nostálgicos y coleccionistas-, los cacharritos de hojalata y aluminio, los bebés con la carita de porcelana. Mis abuelos me hablarían de los soldaditos de plomo, los trenes de hojalata a los que había que dar cuerda, las tabas de hueso e, incluso, de los juguetes que ellos mismos se fabricaban con una caja de cerillas, una cuerda y un par de botones. Tengo la triste sensación de que la imaginación de los niños es inversamente proporcional a lo elaborado de sus juguetes: los juguetes de nuestros hijos son demasiado sofisticados y dejan poco margen a la creatividad de los pequeños; eso sin contar con que tienen muchos más juguetes de los que necesitan y apenas dedican a cada uno de ellos media mañana. Por otro lado, el juguete clásico se está viendo desplazado por los videojuegos, que tampoco dejan mucho lugar a la imaginación. Recuerdo una anécdota de mi hermano pequeño -que es casi de otra generación porque le saco dieciocho años-. El que entonces era mi novio y hoy es mi marido le regaló un cochecito de metal de los de toda la vida; mi hermano, al cabo de darle muchas vueltas y mirarlo con curiosidad, le preguntó: ¿y esto, en qué se transforma?. Los niños de hoy preguntarían: ¿y esto, cómo se enciende?. Me pregunto si nuestros hijos recordarán sus juguetes como nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos recordamos los nuestros…

En fin, os recomiendo que os toméis unos minutos para recordar vuestros juguetes y, si sois de los afortunados que aún los conservan, abráis una de las cajas de magia. Comprobaréis como una sonrisa asoma a vuestro rostro tenso por el estrés cotidiano. ¿No notáis ya el olor a plástico nuevo, como si fuera la mañana de Reyes?

Es extraño que a estas alturas, después de 53 artículos, todavía no haya hablado de cocina, cuando cocinar es una de mis aficiones favoritas.

Me gusta cocinar y me gusta comer. Quien se haya leído Una dama en juego se habrá dado cuenta de que las referencias culinarias son numerosas a lo largo de todo libro: describo con detalle lo que se come, con la intención de que el lector casi pueda recrearse con los sabores y los olores de los alimentos; creo ambiente con la comida; hago girar un encuentro en torno a una mesa o a un café con dulces; establezco conexiones entre lo que comen mis personajes y lo que son.

La cocina es un asunto de pasiones. O la adoras o no te acercas a ella ni por error, no hay termino medio. De entre los que cocinan, están los que lo hacen por devoción y los que no lo hacen, nunca, de modo que, o tienen la suerte de emparejarse con alguien que lo haga o se pasan la vida comiendo sopa de sobre. Haría una tercera categoría, un tanto híbrida, la de los cocineros circustanciales: los que no han tenido la suerte de encontrar una pareja que cocine para ellos y, como el comer bien les puede, se acercan a la cocina por necesidad, huyendo de una condena de por vida a la sopa de sobre -curiosamente, la mayoría acaban por rendirse a los encantos de cocinar-.

La cocina es placer, es cultura y es salud. La salud pasa necesariamente por la alimentación y una buena alimentación necesita de una buena cocina. Alimentarse no es sano, es sano comer bien y para comer bien -lo siento por algunos- es necesario cocinar (o tener la suerte de que alguien cocine para ti). Jamie Oliver, un famoso y mediático chef británico, inició recientemente un programa de educación para la población en el arte de cocinar como base para mejorar los niveles de salud en el Reino Unido, donde los índices de obesidad son alarmantes. Lo que me resulta sorprendente de este programa no es el programa en sí, sino lo que declaraba alguno de sus participantes: jamás habían cocinado ni una tostada y su dieta se basaba en precocinados, refrescos, patatas y bollería industrial. Es verdad que en España, como país mediterráneo, tenemos otra cultura mucho más proclive al buen comer y al cocinar, pero cada vez son más las voces de alarma en torno a los malos hábitos de alimentación en nuestro país y el aumento de los problemas metabólicos (obesidades, anorexias, etc…) entre niños y jóvenes. Un dato: antes, para enaltecer la cocina casera, se hablaba de la cocina de mamá, ahora empieza a ser la cocina de la abuela. A este paso, dentro de poco, no recordaremos cuál de nuestros ancestros cocinaba en casa antes de que se sustituyera la cocina por una habitación con una televisión y un microondas.

Algunos dirán que el ritmo frenético de la sociedad de hoy en día impone estos hábitos alimenticios. Yo creo que no es tanto el ritmo frenético como la desinformación y la dejadez. Cocinar puede ser tan complicado o tan sencillo como uno quiera. Cocinar no es sólo pasarse todo el día metido en la cocina para preparar una cena de cinco platos, eso es más bien deleitarse en el placer de cocinar. Cocinar también es preparar una ensalada en diez minutos, hacer unas verduras a la plancha en otros diez o un pescado al horno en veinte.

Estoy con Jamie Oliver en una cosa: hay que enseñar a comer y a cocinar. Como dar las gracias o pedir las cosas por favor, si tú no lo haces en casa, tus hijos jamás lo harán; si nunca te ven cocinar, acabaran metiendo el precocinado en el microondas cuando sean adultos; si no les enseñas a comer desde pequeños, olvídate de hacerlo cuando tengan quince años.

Pensaba completar este post con tres sencillas recetas de cocina para no cocineros, con las que se puede impresionar a familiares y amigos sin necesidad de ser Adriá, pero como ya me estoy alargando demasiado, lo dejo para la semana que viene.

Entretanto, recordad: cocinad, comed bien y enseñad a vuestros hijos a hacerlo. Os estaréis cuidando, les estaréis cuidando y les dejaréis un legado de salud.

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