Sigo siendo la misma pero con un maquillaje distinto. Para los que deseéis seguir visitando esta mi ventanita a internet podéis hacerlo a partir de ahora en http://www.carlamontero.com/

Allí os espero 🙂

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Pues sí, ya sé cómo se escribe mi nombre en cirílico. Está en la portada de la edición rusa de Una dama en juego, que aquí os dejo como curiosidad.

Confieso que, aunque cuando lo veo tengo la extraña sensación de que este libro no tiene nada que ver conmigo, me produce cierto orgullo contemplar una edición tan peculiar. Nunca imaginé que la historia de mi dama acabara traducida al ruso, pero me gusta… Ahora, espero que también les guste a ellos.

 

Pues sí, por fin. Ya está. Se acabó el escribir sobre páginas en blanco: la historia ya está hilvanada. Ahora ya sólo queda reescribir sobre páginas escritas, ordenar, revisar, intentar mejorar, corregir, autocriticarme y cuestionarme hasta una simple coma. Siempre lo digo, un libro es como un hijo: después del parto, la cosa no ha hecho más que empezar. Así que me voy a ello…

No me gusta la palabra cerrado para este caso. Sería más apropiado suspendido, pero es que a mí suspendido siempre me suena a insuficiente en matemáticas.

Pero, en fin, así es: cierro -o suspendo- temporalmente el blog. Y lo cierro por obra o, lo que es lo mismo, por causa de la novela en la que estoy ahora mismo (iba a decir inmersa… ¡ya me gustaría!).

Lo cierto es que me falta tiempo para estar en todo. Como aconsejan los seminarios de management, he tenido que priorizar y he llegado a la conclusión de que no está bien dejar de dar de comer a mis hijos o abandonarlos en el colegio, de modo que ellos son los primeros. Los primeros ladrones de mi tiempo: después de ellos ya no hay tiempo para casi nada, y el que me queda se lo tengo que dedicar al libro. Me he dado cuenta de que día que escribo el artículo del blog, día que no escribo el libro (hoy, por ejemplo) y he llegado a un punto en que la actualización semanal del blog ya no es sostenible. Pretendo tener terminado el primer borrador de la novela para Semana Santa. Es necesario si quiero que el libro esté listo para final de año. Estoy en una fase crítica y no me puedo permitir escatimar a la escritura ni un minuto de los ya pocos que le dedico.

Voy a echar de menos este encuentro semanal con vosotros, lo sé. Pero como dijo el general McArthur al marcharse de Filipinas: volveré. Es una amenaza en toda regla.

Gracias por leerme, por seguirme y por compartir conmigo mis pequeñas neuras.

Y, recordad, esto es sólo un hasta luego.

Pues con este dilema nos encontrábamos el otro día durante una conversación de café, mejor dicho, de Coca-Cola.

¡¡Buf, literatura!! Menudo palabro… Literatura suena a esa asignatura petarda que costaba un mundo aprobar en BUP. No, no, yo quiero comprar un libro entretenido, no literatura… 

¿Es cierto que esta idea se pasa por la mente del lector? Bueno, eso discutíamos cuando hablábamos de los gustos literarios del lector medio actual. Algunos opinaban que las novelas (me limito a este género por ser el más popular) que más éxito tienen son las novelas-guión, es decir, mucho diálogo, mucha acción, mucho sobresalto y, en dos días, un final inesperado. Parece ser que hoy en día el estilo descriptivo, lírico y, en definitiva, literario (en contraposición a periodístico o, incluso, cinematográfico) está de capa caída. Sí, claro, los premios, los grandes premios, como el Nobel o el Cervantes (por circunscribirme a la literatura nacional) los siguen ganando los escritores, escritores, los literatos que hacen literatura. Pero no sé por qué, tengo la sensación de que el público que hace la caja de las librerías considera que los literatos son aburridos.

La vida moderna y su aceleración imponen la novela ligera, la historia contada de forma sencilla, mejor dialogada, y sin demasiados adornos, sin demasiados datos que confundan a un lector apresurado que lee entre estaciones de metro. Porque el escritor que cometa el pecado de empezar un novela y no recurrir al diálogo antes de las diez primeras páginas está condenado a ser tachado de demasiado descriptivo y aburrido -salvo que lo que se describa sea una violación o un asesinato, entonces, está salvado de la crítica-. Es el clásico comentario: el principio se te hace pesado (y suerte si no se te hace pesada la novela entera).

Queremos que  nos cuenten historias, que nos entretengan, no que hagan literatura. Eso discutíamos el otro día. Yo, optimista por naturaleza, siempre he defendido que escribir un best seller (en muchos casos sinónimo de novela ligera) no tiene por qué estar reñido con hacer literatura, con ser lírico, florido y, ¡leche!, descriptivo, porque si un escritor para ser comercial sacrifica el lenguaje en aras de la historia y el entretenimiento, se está prostituyendo, está traicionando su herramienta más valiosa, con la que puede jugar, expresarse, emocionar: la palabra. Creo firmemente que para llegar a tocar el corazón del lector no sólo basta el argumento, son necesarias, es más, imprescindibles las palabras. Eso creo… aunque a veces las listas de ventas se empeñen en llevarme la contraria.

En fin, hoy soy breve en mi reflexión, que tengo que irme a escribir y a decidirme entre entretener y hacer literatura. Ingenua de mí, pretendo hacer las dos cosas a un tiempo.

María Antonieta

Habíamos dejado a nuestros personajes a punto de entrar en escena. El cardenal de Rohan, en manos de la malvada e intrigante condesa de La Motte, María Antonieta, ajena a lo que se le venía encima, y el collar millonario, sin dueño.

Rohan, ingenuo de él, estaba convencido de la maravillosa labor que estaba haciendo Jeanne de Valois intercediendo por él ante la reina. Tenía cartas de María Antonieta -falsas- y promesas de reconciliación -falsas también-. Pero lo que Rohan anhelaba era un encuentro personal con la hermosa María Antonieta, e insistía e insistía para verla.

La condesa de La Motte, ante las proporciones que adquiría la bola de nieve de su mentira, podría haber acabado aquí con la farsa, pero claro, se habría cerrado el grifo monetario de Rohan. Así que, sin reparo, dejó que la bola siguiera rodando montaña abajo y, es más, orquestó una escena digna de la mejor comedia de Moliére.

LA FARSA DEL BOSQUECILLO DE VENUS

Si Rohan quiere ver a la reina, verá a la reina… o casi, pensó La Motte, entornando los ojos con un pensamiento avieso.

La Motte sólo necesitaba que la reina se prestase a ello. Como con la auténtica no se podía contar, tenían que buscar a una falsa. De eso se encargó su marido, Nicolás La Motte, que se manejaba bien por los bajos fondos de París. No tardó en dar con la mujer perfecta, una prostituta que se elevaba a la categoría de actriz, llamada Marie-Nicole Leguay, cuyo parecido con la reina era asombroso.

Los La Motte falsificaron una nueva carta en la que la reina citaba al cardenal en un rincón arbolado de los jardines de Versalles, conocido como el Bosquecillo de Venus. Por supuesto, poco antes del alba, para que hubiera media luz. Cogieron a la furcia incauta, la ataviaron con un suntuoso vestido similar al que la reina llevaba puesto en uno de sus retratos, y una amplia pamela que dejaba su rostro semioculto.

Marie-Nicole Leguay, nombrada condesa de la Oliva.

Al abrigo de un árbol, y con los La Motte como unos pilluelos escondidos en la maleza, aguardaba una Marie-Nicole nerviosa, que sólo creía que iban a gastarle una broma a un amigo: se había limitado a aprenderse una frase que debía decir a un caballero a la par que le entregaba una rosa. Marie-Nicole vio como entre las sombras se aproximaba un hombre de ademanes afectados que se arrodilló a sus pies con prosopopeya y besó devoto el borde de encaje de su falda. Confusa y atropellada, Marie-Nicole, dejó caer la rosa y, no menos confusa y atropellada mas intetando poner acento de principesco, pronunció: “podéis considerar que todo lo anterior está olvidado“. Justo entonces, los La Motte salen de su escondite al grito de alarma: “¡Rápido! ¡Que viene Madame de Artois!”, quien debía de ser una señora terrible, pues el grupo desapareció al instante entre los arbustos bien recortados de Versalles.

El cardenal estaba embelesado, no despegaba la nariz de la rosa que habían tocado las dulces manos de la reina y ya se veía Primer Ministro de Francia, como poco. Los La Motte lo tenían tiernito para el siguiente golpe.

EL ASUNTO DEL COLLAR

Por supesto, a Jeanne La Motte no se le había pasado por alto la existencia del collar. Y lo quería. Pensó que sería fácil escribir otra cartita falsa en la que María Antonieta solicitaba al cardenal de Rohan que hiciese de intermediario por ella en la compra del collar. El cardenal dudó, la joya era escándalosamente cara, pero se moría por satisfacer los reales deseos. Fue a ver a los joyeros y, tras negociar con ellos una rebaja del precio, firmó en nombre de la reina un contrato de pago a dos años en cuatro cómodos plazos. Boehmer y Bassange le entregan el collar a Rohan, quien a su vez, en medio de un treatral sigilo, se lo pasa a un criado de la reina, que no es otro que un cómplice de los La Motte.

A estos les falta el  tiempo para deshacerlo e intentar vender los diamantes en París, lo que lleva a un desplome del precio de las gemas en el mercado. Los joyeros alertan a la policía. Detienen a un cómplice de los La Motte, pero ahí se queda la cosa -después de todo, los condes son personas influyentes-. Nicolás La Motte se lleva el resto de la joya a Inglaterra; allí no tiene ningún problema para vender los diamantes a bajo precio.

SE DESCUBRIÓ EL PASTEL

María Antonieta y Boehmer. Fotograma de una película francesa.

El verdadero problema surge cuando se acerca la fecha de vencimiento del primer plazo. La condesa desconoce los términos del contrato que ha firmado Rohan, pero empieza a darse cuenta que su estafa se tambalea. Rohan está escamado de que la reina no luzca la joya en público, Jeanne se teme que nadie va a pagar la joya… La cosa se pone fea.

 En nombre de la reina, Jeanne de Valois pide a los joyeros una rebaja del precio, para ganar tiempo.  Estos se la conceden. Pero en una de sus visitas frecuentes a la corte, Bohmer, le entrega a María Antonieta una carta en la que le dicen que “aceptan humildemente su petición”. La reina la lee, no entiende nada y la rompe.

La condesa de La Motte empieza a asustarse del cariz que están tomando los acontecimientos y decide destapar la farsa. Va a ver a los joyeros y les confiesa que la garantía de pago de la reina es falsa, pero que el cardenal de Rohan, que es un hombre muy rico, pagará el collar. Los joyeros desconfían, saben que Rohan está muy endeudado, y desesperados como están, deciden ir a ver a la reina, creyendo que ella tiene el collar. Es entonces cuando el castillo de naipes se viene abajo.

María Antonieta, enfurecida contra Rohan por haber usado su nombre fraudulentamente, exige que rueden cabezas.

LAS CONSECUENCIAS

Dicen las crónicas que la mayor consecuencia de este episodio fue el estallido de la Revolución Francesa. Es una conclusión un poco simplista, porque el origen de la Revolución Francesa es mucho más complejo. Pero sí podría afirmarse que el asunto del collar fue la mecha que prendió el polvorín.

María Antonieta, que en realidad no había tenido nada que ver con esto y sólo había sido una víctima más, se convirtió en la mala de la película porque sus detractores se encargaron de que todo se volviera en su contra. Tampoco ella actuó con inteligencia en este caso, pues cegada por la ira y el odio secular que le tenía a Rohan, se empecinó en hundir al cardenal y le salió el tiro por la culata.

Al ordenar la detención del cardenal de Rohan, la nobleza francesa, que siempre había tenido manía a la reina extranjera, se le echó encima, tachándola de traidora y desleal e iniciando una campaña de desprestigio contra ella.

Por su parte, el pueblo observa cada vez con más indignación como reyes y nobles timan, engañan y malgastan el dinero en diamantes mientras ellos se mueren de hambre.

El cardenal, los condes de La Motte y todos sus complices son detenidos -incluída Nicole Leguay-. Son juzgados por el Parlamento en un proceso público que despertará un gran interés, no sólo en Francia, sino también más allá de sus fronteras. El conde de La Motte es condenado a galeras y la condesa a prisión perpetua; ambos son marcados a hierro con la V de voleur (ladrón). Todos los demás son absueltos, incluído el cardenal, lo cual desprestigia enormemente a la monarquía y a la reina que había presionado para que se le condenase. No contenta con el resultado del jucio, María Antonieta le pide al rey que obligue a Rohan a dimitir de su puesto como capellán real. El rey accede y este hecho es interpretado por el pueblo como un desaire y una falta de respeto a las decisiones del Parlamento.

Por otro lado, Jeanne de Valois consigue huir de la cárcel y se exilia en Londres, desde donde escribe unas memorias en las que tacha a la reina de lesbiana, sádica y derrochadora. Curiosamente, se convierte en una heroína para el pueblo.

Menos de cuatro años después, en 1789, estalla la Revolución. El rey y la reina son guillotinados, la nobleza perseguida y la condesa de la Motte invitada a regresar a Francia entre honores populares. Nunca regresó, se tiró por un balcón de su casa de Londres en un ataque de manía persecutoria.

Como decía la semana pasada, la historia a veces nos sorprende con episodios dignos del mejor guión. El asunto del collar de María Antonieta es, sin duda, uno de ellos. Tiene todos los ingredientes de una buena estafa, una buena comedia de enredo y una buena intriga cortesana. Y sus protagonistas representan papeles clásicos: hay un malo, un tonto y una víctima, rodeados de una serie de secundarios que completan la obra a la perfección.

Vamos por partes.

LA VÍCTIMA

Curiosamente la mujer más poderosa, influyente y odiada de la época: María Antonieta de Austria, que casada a los quince años con el Delfín, el futuro Luis XVI, se convirtió en reina de Francia cuatro años después, en 1774.

Es frívola, derrochadora, cabezona, mandona, intrigante, arrogante, libertina… Y, probablemente, una de las reinas que ha sufrido la mayor campaña de desprestigio de la Historia. El pueblo la odiaba y, en parte, no le faltaba razón para ello: ella despilfarraba mientras la gente se moría de hambre (“Que coman brioche”, dicen que respondió cuando le contaron que no podían comprar harina para hacer pan) y contemplaba a la chusma con desprecio. Pero también fue una mujer víctima de su educación y sus circunstancias.

EL COLLAR

Se trata de una maravillosa joya de diamantes, que en total suman ni más ni menos que 2.800 kilates, cuyo precio asciende a 1.700.000 libras. Fue encargado por Luis XV -el abuelo de Luis XVI, esposo de María Antonieta- como regalo para su amante, Madame du Barry, a los reputados joyeros parisinos Böhmer y Bassange, quienes se endeudaron hasta las cejas para comprar las piedras necesarias para su confección. El problema es que el rey decide morirse en muy mal momento para ellos: con su muerte, el asunto del collar queda olvidado y los joyeros plantados con una pieza cuyo inmenso valor hace casi imposible su venta.

EL MALO

La mala, en este caso. Se trata de Jeanne de Valois Saint-Rémy, condesa de la Motte.

Jeanne es una Valois, pero poquito, pues es hija de un bastardo de Enrique II de Francia y de una mujer plebeya. Vamos, que de sangre real no tenía mucho. Muerto su padre, su madre se dedicó a la prostitución y acabó por abandonar a sus hijos. Desde entonces, Jeanne, con sólo nueve años, se convierte en una pilluela de profesión.

Se casó con Nicolás de la Motte, un sencillo oficial de la guardia de dudosa nobleza pero que no tuvo ningún reparo en adjudicarse el título de conde. Una media naranja perfecta para Jeanne y un complice tan poco escrupuloso como ella para sus engaños.

Jeanne y su marido consiguen llegar a Versalles y prosperar en la corte a base de mentiras, triquiñuelas y acuerdos que se concluyen entre sábanas. Esto da una idea de la catadura moral de los personajes en cuestión.

EL TONTO

Louis René Edouard de Rohan, príncipe y cardenal. Mujeriego, vanidoso, vividor, noble muy noble, rico muy rico y, sobre todo, lo dicho, tonto. La marioneta perfecta.

Jeanne de Valois, que era en cambio muy lista, enseguida adivinó el potencial del cardenal y utilizó su encanto personal para hacerse de su camarilla y sacarle fácilmente los cuartos. De hecho, fue el cardenal quien le ratificó su título nobiliario de pacotilla y ascendió a su marido a capitán de la guardia real.

Por otro lado, María Antonieta odiaba al cardenal, al que consideraba un hombre disoluto, engreído y torpe. La aversión de la reina por el prelado se debía en buena parte a la influencia de su madre, María Teresa emperatriz de Austria, quien nunca había tolerado al de Rohan el tiempo que éste vivió en Viena.

El cardenal de Rohan, en cambio, no se explicaba la actitud desdeñosa de María Antonieta y se moría por conseguir el favor de la reina y, con ello, acceder a un puesto mejor en la corte e, incluso, al lecho real, que María Antonieta era una reina con mucho tirón para los hombres -y también para las mujeres-.

Aquí es donde la Valois ve una oportunidad de oro. Le hace creer al cardenal que es amiga íntima de María Antonieta y que, con su intercesión, puede lograr que la reina perdone los pecadillos del cardenal. El cardenal se emociona con la idea y así es como empieza un juego de engaños y sablazos perfectamente orquestados por los de la Motte y sus cómplices. Que si la reina necesita dinero para una obra de caridad, el cardenal paga. Que si a la reina le gustaría ayudar a una familia noble caída en desgracia, el cardenal paga. Que si, que si, que si…, el cardenal paga. El dinero, por supuesto, pasa por manos de la Motte y allí se queda; y es que de la pretendida amistad íntima con la reina, nada de nada.

Para tener contento al ingenuo caballero y que este no deje de aflojar el bolsillo, de la Motte construye toda una farsa para convencerle de que las cosas con la reina progresan: le hace ver que una leve y fortuita inclinación de cabeza de la reina en una recepción debe interpretarla como un signo de amistad y, especialmente, empieza a elaborar cartas falsas, supuestamente redactadas por María Antonieta, en las que la reina asegura verle con buenos ojos, incluso, haberle perdonado.

El cardenal está loco de contento, ya se ve primer ministro de Francia, pero quiere más: quiere poder entrevistarse en persona con la reina, tener la certeza de que cuenta con su favor, oírlo de su real y preciosa boca.

Claro que los condes de la Motte también quieren más: más dinero con el que seguir costeando la vida de desenfreno y dispendio que llevan, y no tienen ningún escrúpulo en llegar todo lo lejos que haga falta para seguir exprimiendo las arcas del cardenal.

La cosa va bien, pero la gran farsa está a punto de empezar.

La semana que viene el desenlace final, que esto ya es muy largo por hoy.

Foto de Peter Haley. http://blog.thenewstribune.com/

Cuando era pequeña, como a la mayoría de las niñas, me encantaban las princesas. Como entonces no había tiendas de chinos y los disfraces costaban un dineral, solía ponerme los zapatos de tacón de mi madre y taconear con ellos escandalosamente por el pasillo mientras arrastraba alguno de sus camisones favoritos a modo de traje de noche fastuoso y principesco. La cosa solía acabar en regañina -a qué madre le gusta ver su mejor camisón pisoteado por el suelo-, pero yo tenía mi momento de cuento de hadas.

Cuando me fui haciendo mayor, empecé a verme ridícula con los zapatos y el camisón de mi madre, pero no por eso dejaron de gustarme las princesas. Es más, descubrí que la Historia, la aburrida Historia de los libros de texto, estaba llena de príncipes y princesas auténticos, cuyas vidas superaban con creces en romance, morbo, sexo e intriga a las de las princesas de los cuentos de hadas. La Historia, caí en la cuenta, no era sólo una sucesión soporífera de fechas y reyes godos, de batallitas y tratados de nombre impronunciable. La Historia es el escenario de todas las pasiones humanas, tanto las altas como las bajas -sobre todo las bajas, me temo-. ¡La Historia es el mayor culebrón del mundo! Nacimientos, matrimonios, divorcios, bastardos, asesinatos, intrigas, sexo, amor, traición, ambición, poder, envidia, muerte… todo está en la Historia; ni la literatura, ni el cine, ni los guionistas venezolanos han inventado nada.

Creo que mi afición por los acontecimientos del pasado tiene la fecha del día que mi profesora de Historia de tercero de BUP contó en clase el episodio del collar de María Antonieta. Después vinieron las películas de Sissí Emperatriz, los libros de “Historia de las historias de amor”, de Carlos Fisas, las visitas a los Palacios del Patrimonio Nacional…  Incluso, hubo una matrícula en Geografía e Historia que se quedó en matrícula (y no precisamente de honor) porque los primeros éxamenes se me juntaron con el papel de madre novata y aquello me sobrepasó. Pero no me importa, no necesito un título que acredite que me gusta la Historia y que me encanta  asomarme a sus páginas para tener mi dosis diaria de culebrón.

Y todo empezó con una niña que quería ser princesa. Pensé que yo sería de las últimas niñas que quieren ser princesas. La sociedad actual no está pensada para princesas. Pero me equivoqué. Tengo una hija que, con un disfraz largo hasta los pies y unos zapatos de tacón de la tienda de los chinos, sigue haciendo lo mismo que yo por el pasillo de casa: aturdir a los vecinos mientras vive su cuento de hadas.

Todas las niñas quieren ser princesas. No importa que las mujeres de hoy en día se divorcien, se recasen, se arrejunten, lleven pantalones, trabajen fuera de casa y tengan un master en Harvard; no importa cuánto evolucionen los referentes femeninos, nuestras hijas, y, seguramente, las hijas de nuestras hijas, seguirán queriendo ser princesas. Pero princesas de verdad, de las de antes, con sus vestidos largos, sus faldas huecas, su castillo y, sobre todo, su príncipe azul, uno y único para siempre, con el que ser felices y comer perdices. Y es probable que incluso las mujeres de hoy en día queramos ser princesas… ¿o no?

La semana que viene hablaré del collar de Maria Antonieta. Es una historia muy conocida, pero es bonito recordarla, y, además, así hago un pequeño homenaje a doña Carmen Barranquero, mi profesora de Historia de BUP. Hasta entonces, os dejo este aperitivo del famoso y espectacular collar.

Voy a hablaros de alguien que se priva voluntariamente del alimento, que practica ritos depurativos y que se inyecta veneno bajo la piel, entre otros castigos corporales. No, no se trata de un monje asceta cristiano, ni de un sadhu hindú, ni siquiera de un sadomasoquista (bueno, según se mire). En realidad, me estoy refiriendo a alguien mucho más cercano y cotidiano: la mujer, género al que, en ocasiones, me enorgullezco de pertenecer a pesar de nosotras mismas.

Es hoy en día cuando se puede decir que las mujeres tenemos mayor control de nuestras vidas y mayor poder, sin embargo, tengo la sensación de que ese control y ese poder a veces se vuelve en contra nuestra. Nos hemos convertido en esclavas de nosotras mismas y de nuestras aspiraciones en muchos ámbitos; en el profesional y el familiar, sobre todo (daría para una tesis), pero también en el estético. Somo esclavas de nuestra belleza y, lo que es peor, de la de las demás. Y no hay esclavitud más despiadada, inhumana e irresoluble que la autoesclavitud.

Soy consciente de que me meto en un terreno espinoso y de que mucho de lo que aquí escriba puede ser polémico y rebatible. Aún así, estoy dispuesta a arriesgarme a recibir (y dar la bienvenida a) vuestras críticas.

La belleza en el siglo XVII

Empecemos por sentar las bases de lo que es la belleza. La RAE define belleza como:  “Propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas“.De este modo consigue la RAE salvar bien la papeleta de definir algo tan complejo, intangible y subjetivo como la belleza. Pero ni la RAE ni nadie puede captar la esencia de la belleza. La belleza no es un concepto, es una sensación, incluso un sentimiento; la belleza es, sin duda, un estado de ánimo. Aspirar a la belleza es como aspirar a la bondad o a la felicidad: loable pero, perdonadme la expresión, jodido. Simone de Beauvoir decía que la belleza es incluso más difícil de explicar que la felicidad. Y si es difícil de explicar, cuánto más de alcanzar. Por supuesto que hay cánones estéticos y de belleza, pero, aunque válidos en una esencia mínima, son cambiantes y en absoluto universales (y si no, fijaos que la celulitis tuvo su momento de gloria). 

Fotografía de Man Ray a una belleza de principios del siglo XX

Pues, bien, a pesar de lo visto y lo dicho, las mujeres nos empeñamos en dar caza a la belleza casi con más tesón que a la felicidad y empleamos en ello sufrimientos, privaciones y grandes sumas de dinero. Y yo insisto: ¿qué belleza perseguimos? Nadie lo sabe, por eso nunca estamos satisfechas. Si tenemos el pelo rizado, lo queremos liso; si estamos gordas, queremos estar delgadas y si estamos delgadas, queremos tener buena cara y unos senos turgentes; si tenemos el bolso de moda, queremos los zapatos de moda, o incluso los de moda del año que viene… Da igual, no hay saciedad posible a nuestros apetitos estéticos.

Y no me malinterpretéis, no promuevo con esto el aspecto descuidado y la falta de estética. Vale que la belleza está en el interior, pero también en el exterior, no nos engañemos. Por eso es tan importante cuidarse tanto por dentro como por fuera. Sería triste, incluso ingrato y señal de que nos queremos muy poco, si no sacásemos el máximo partido de nuestras virtudes físicas (todo el mundo las tiene); sería como no limpiar ni arreglar la casa cuando se estropea o como no cuidar el jardín y dejar que las hojas secas cubran el césped y las malas hierbas crezcan sin tino.

Una belleza de hoy

Ahora bien, lo importante es la motivación. ¿Por qué queremos estar bellas? Puede ser para sentirnos bien con nosotras mismas o únicamente para gustar a los demás, para lograr su admiración. En el primer caso, los esfuerzos por alcanzar la belleza no nos pareceran tan duros y siempre obtendremos una recompesa justa y satisfactoria: sentirnos guapas y sentirnos bien mejora nuestro humor y nuestra autoestima. Pero, cuidado, que sea nuestra autoestima lo que queremos mejorar y no la estima de los demás. Pretender sólamente la estima de los demás nos embarcará en una tarea imposible y frustrante, nos convertirá en esclavas de nosotras mismas, porque ya lo he dicho antes: no existe la belleza absoluta, lo que para unos es bello para otros no tanto o, incluso, nada.

Por lo tanto, mujeres del mundo, someteos a regímenes, tratamientos de belleza, cirugías estéticas y agotadoras sesiones de shopping, en la medida de vuestras posibilidades, pero hacedlo con un solo fin: vosotras mismas y vuestro bienestar. Eso sí, sed clementes con vuestro aspecto, quereos un poco más, y valorad y cuidad lo que tenéis, es vuestro mejor activo. Me aplico el cuento.

Kate Moss y Laetitia Casta, dos iconos de belleza muy diferentes.

 

De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de que la gente cada vez sonríe menos. Espero que sea únicamente una percepción personal y que no se esté perdiendo no sólo la alegría, que ya es grave, sino también la cortesía y la amabilidad, que no lo es menos. Quizá es que la gente piensa que sonreír tiene necesariamente que ver con sentirse alegre. Pues no estoy de acuerdo. Sonreír cuando uno está alegre no tiene mérito, sale solo. Lo verdaderamente admirable, y me atrevería a decir que más saludable, es sonreír sin motivo. Y cuando sonreír sin motivo sale solo, ¡ya no se puede pedir más! Al hilo de esto, me pregunto si primero fue el huevo o la gallina… Me explico: ¿es la alegría la que hace brotar una sonrisa o es una sonrisa la que nos hace sentir más alegres?

Debates aparte, decía que la sonrisa es también muestra de amabilidad, respeto y cortesía hacia los demás, y mucho me temo que de esto sí que queda cada vez menos en nuestra sociedad. Se me ocurren cientos de ejemplos: pocos conductores de autobús sonríen al subir los pasajeros; en pocas tiendas el dependiente te dedica una sonrisa al atenderte; cuando alguien te empuja por la calle, da gracias si te pide perdón, pero aún más difícil es que esboce una sonrisa que suavice su gesto hosco -como si fuera culpa tuya que te hubiera empujado-; cada vez me cruzo con más personas que me ceden el paso pero no me sonríen, que me dan las gracias pero no me sonríen, que me piden disculpas pero no me sonríen…

Sin una sonrisa, las muestras de educación se convierten en automáticas y forzadas. Es más, prefiero una sonrisa silenciosa a un gracias adusto. Llevo nueve años, los que tiene mi hija mayor, repitiendo hasta la saciedad “se dice: gracias”, “se pide: por favor”, cada vez que mis vástagos abren sus boquitas por educar. Pero no sólo es lo qué se dice, sino cómo se dice: ese gracias y ese por favor, si no van acompañados de una sonrisa, valen bien poco. Si mis hijos no aprenden a sonreír a los demás -y no sólo para mostrar su alegría-, he perdido mi tiempo educándolos.

Ahora bien, no nos confundamos. No hablo de la sonrisa falsa. La sonrisa falsa puede resultar más ofensiva y descorazonadora que la ausencia de sonrisa. Hablo de la sonrisa que, aun habiendo brotado de forma automática, es sincera y muestra una disposición de ánimo amable y agradable hacia los demás. Por eso no voy a entrar en los traídos y llevados beneficios terapeúticos de la sonrisa, en risoterapias y demás inventos de la psicología moderna. Me niego a que sonreír se convierta en una obligación, como ir al gimnasio para perder peso. Me niego a limitar mi sonrisa a la duración de una terapia de grupo. La sonrisa no necesita excusas; es buena porque sí y punto; para uno mismo y para los que nos rodean.

Estoy convencida de que no es tan difícil sonreír, sonreír de verdad. Como estoy convencida de que cada una de nuestras sonrisas hacen un mundo mejor y más bello. Opino que eso a lo que llaman belleza reside únicamente en la sonrisa, dijo una vez Tolstoi. Amen.

Puede ser un buen propósito para el año nuevo: sonreír, sonreír, sonreír. Y ya me diréis si es la alegría la que hace brotar vuestra sonrisa o la sonrisa la que os hace sentiros alegres. Tal vez sean ambas causa y efecto…