Este fin de semana, mi amiga Gracia ha rescatado del trastero unas cajas llenas de magia y de nostalgia: las cajas de los juguetes de su infancia. He visto unas fotos de sus Nancys, la he oído hablar de sus Barriguitas y del Ibertrén y me he contagiado de esa magia y esa nostalgia.

Nadie olvida los juguetes con los que jugó de niño ni los buenos momentos que pasó con ellos. Los juguetes me traen recuerdos de tardes de lluvia, de días de Reyes, de anginas y varicela, de vacaciones, de peleas con mis hermanos, de premios por las notas, de santos y cumpleaños, pero, sobretodo, de horas y horas de entretenimiento, de imaginación y de fantasía.  Es más, creo que el embrión de las historias que invento para mis libros está en las que un día inventé para mis juguetes.

La Nancy, la Rosaura, el CinExin y el Exin Castillos, los clicks de Famobil -que ahora son los Playmobil, aunque yo siga llamándolos clicks y mis hijos me miren con cara de pasmo-, los Madelman, la Barbie y los Juegos Reunidos Geyper son algunos de los juguetes que marcan una generación, la mía, la de los que podemos corear las tonadillas de sus anuncios y nos sentimos parte de una hermandad cuando exclamamos: ¡Yo también tenía el CinExin y las películas se veían fatal!. Algunos de estos juguetes han resistido el paso del tiempo y, más o menos modernizados, nuestros hijos juegan con ellos; otros se han quedado por el camino y perviven en nuestra memoria.

Pero lo que es evidente es que los juguetes definen las generaciones. Si preguntamos a nuestros padres, seguramente nos hablen de otros juguetes. Mi madre, por ejemplo, recuerda la Mariquita Pérez -hoy revitalizada pero más bien para nostálgicos y coleccionistas-, los cacharritos de hojalata y aluminio, los bebés con la carita de porcelana. Mis abuelos me hablarían de los soldaditos de plomo, los trenes de hojalata a los que había que dar cuerda, las tabas de hueso e, incluso, de los juguetes que ellos mismos se fabricaban con una caja de cerillas, una cuerda y un par de botones. Tengo la triste sensación de que la imaginación de los niños es inversamente proporcional a lo elaborado de sus juguetes: los juguetes de nuestros hijos son demasiado sofisticados y dejan poco margen a la creatividad de los pequeños; eso sin contar con que tienen muchos más juguetes de los que necesitan y apenas dedican a cada uno de ellos media mañana. Por otro lado, el juguete clásico se está viendo desplazado por los videojuegos, que tampoco dejan mucho lugar a la imaginación. Recuerdo una anécdota de mi hermano pequeño -que es casi de otra generación porque le saco dieciocho años-. El que entonces era mi novio y hoy es mi marido le regaló un cochecito de metal de los de toda la vida; mi hermano, al cabo de darle muchas vueltas y mirarlo con curiosidad, le preguntó: ¿y esto, en qué se transforma?. Los niños de hoy preguntarían: ¿y esto, cómo se enciende?. Me pregunto si nuestros hijos recordarán sus juguetes como nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos recordamos los nuestros…

En fin, os recomiendo que os toméis unos minutos para recordar vuestros juguetes y, si sois de los afortunados que aún los conservan, abráis una de las cajas de magia. Comprobaréis como una sonrisa asoma a vuestro rostro tenso por el estrés cotidiano. ¿No notáis ya el olor a plástico nuevo, como si fuera la mañana de Reyes?

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