"Cupido y Psique" de Antonio Canova

Beso… Qué palabra más hermosa, simplemente pronunciarla ya es como estar besando. Beso… Es una palabra inspiradora, evocadora, siempre de buenos momentos: de cosquilleos, de latidos, de sentimientos a flor de piel, de pulmones hinchados de dicha, de ojos cerrados y de suspiros.

El otro día me topé con un beso. Tengo la suerte de toparme con varios a lo largo del día, pero me refiero a que me encontré con el beso en internet, con la historia del beso, para ser exactos. Nunca antes me había planteado dónde nace uno de los gestos más hermosos que puede hacer el ser humano -así como distintivo de nuestra especie, los animales no pueden besar en un sentido estricto de la palabra-, pero fue curioso averiguarlo y por eso quería compartirlo con vosotros.

En realidad, hay varias teorías acerca del origen del beso, pero desde un punto de vista antropólogico surge en el Paleolítico Superior, cuando las madres Cro-Magnon juntaban su boca a la de sus hijos para pasarles el alimento que previamente habían masticado. Sin embargo, los primeros besos propiamente dichos se dieron a objetos sagrados, para así recibir de ellos su influencia mágica o sobrenatural. De ahí la costumbre de besar en pies y rodillas a reyes y sacerdotes. Incluso hoy en día, los aborígenes australianos besan la tierra para recibir de ella su energía. En definitiva, el beso parece ser que se inició como una forma de transmisión y recepción de vida para posteriormente ir evolucionando hacia una vertiente más espiritual  conectada con la idea de hálito y de amor.

De hecho, en la mayoría de los cuentos populares, tras el beso se devuelve la vida -la Bella Durmiente, Blancanieves- o se produce la transformación -La Princesa y el Sapo, la Bella y la Bestia-. En esta misma línea de insuflar un hálito, de compartir una experiencia vital, observamos en otras culturas comportamientos similares. Por ejemplo, el conocido beso de los Inuit, los esquimales, que se frotan la nariz. Circula por internet la historia de que en las islas Tinquia, en el Pacífico, las parejas aproximan sus bocas, sin llegar a rozarse, para aspirar durante unos minutos el mismo aire… Dudo de que sea verdad porque no existen tales islas de nombre Tinquia, pero de todos modos es bonito, ¿no os parece? Y no es descabellado pensar que en otro lugar y en otro momento eso pudiera llegar a ser cierto.

Hay muchos tipos de beso:

El beso de ternura, ese que le damos a nuestros hijos mientras duermen.

El beso de consuelo, sobre las lágrimas de quien llora.

El beso como saludo, el que casi lanzamos al aire mientras rozamos la mejilla de un amigo o de alguien que nos acaban de presentar.

El beso baboso, es el beso de los niños, todos dejan su marca particular, incluso pegajosa, en esos primeros besos tan ricos de unas boquitas torpes.

El beso de mariposa, ese en el que las pestañas hacen cosquillas en las mejillas de aquel al que besamos (a mis hijos les encanta).

El beso de pasión, el único que es capaz de aumentar nuestro ritmo cardíaco a 150 pulsaciones, elevar nuestra temperatura corporal y hacernos liberar endorfinas, andrenalina y feniletilamina, un cóctel que nos acerca al cielo.

El beso de amor… ¡Ay, el beso de amor! No voy a mancillar el beso de amor intentando describirlo con palabras.

Podría eternizame hablando de besos. También hay besos que saben amargos, como el beso de Judas, que es el de la traición, o el de Jacob, que es el de la codicia; o el beso triste de despedida. Pero me quedo con los besos dulces.

El beso está en la pintura, en la escultura, en la literatura, en la música, en el cine, en casa, en la calle… Afortunadamente, el beso está por todas partes. Los expertos recomiendan seis besos diarios para generar bienestar. Yo os recomiendo que déis cuantos más besos mejor, es una buena receta, sencilla, deliciosa y muy, muy saludable.

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