Últimamente me da por recrearme con notable frecuencia en la nostalgia; en una nostalgia agradable, de esa que da calorcito y arranca una sonrisa. Eso de mirar más hacia atrás que hacia delante debe de ser síntoma de que me estoy haciendo mayor… Ya hemos hablado de los libros que leíamos cuando éramos pequeños e incluso de nuestros juguetes favoritos. Me quedaban los programas infantiles.

Desde hace unos días, hay en Facebook un movimiento para cambiar las fotos de perfil por fotos de personajes de dibujos animados, de modo que, en vez de ver las caras de tus amigos, ves las de el pato Donald, Triqui, Bugs Bunny o Calimero, entre otros muchos. Inevitablemente, a raíz de esto, he empezado a recordar a todos aquellos personajes que acompañaron mis tardes a la vuelta del colegio, mientras merendaba. Visto desde hoy, cuando hay varios canales que emiten 24 horas programas exclusivos para niños, parece imposible que en mi época -y de esto sólo hace treinta años, ¡que no soy tan mayor!- sólo hubiera un par de horas de programación infantil al día y algo más los sábados. Ahora entiendo por qué mi padres compraban discos con narraciones y efectos de sonido de los cuentos populares: la única forma de sofronizarnos a la hora de la cena cuando ya no había televisión para niños era tenernos pegados al tocadiscos.

Los niños de mi generación esperábamos con avidez nuestra dosis de programación infantil y, cuando terminaba, ya estábamos deseando que fuera el día siguiente para tener más. Yo me veo llegando del colegio, deshaciéndome del abrigo, la cartera y los zapatos y tirándome en el sofá, con un vaso de leche y un Tigretón (en el mejor de los casos, pues normalmente eran galletas), a ver Barrio Sésamo. Aún tengo grabada la imagen de la presentación de Barrio Sésamo en la que una niña, en vez de deshojar una margarita, le ponía los pétalos, porque el vídeo estaba pasado al revés. ¡Aquello me alucinaba! Me acuerdo de la gallina Caponata y el caracol Perezjil, de Espinete y Don Pimpón y de Chema el panadero; también, cómo no, de Epi y Blas, Coco, Triqui, el conde Draco, la señorita Pitita… Todos ellos eran nuestros compañeros de lunes a viernes, junto con algún que otro episodio de Hannah Barbera: los Picapiedra, Don Gato, Pixie y Dixie… Las dos horas no daban para más y la Familia Telerín con su “vamos a la cama” o el monstruo Casimiro ponían fin a nuestro ratito de sueños.

Llegado el fin de semana, la cosa mejoraba: casi toda la mañana había programación infantil. Era cuando emitian Sabadabadá, con el inagotable Torrebruno. Y ya más adelante, el programa de la Bruja Avería y los Electroduendes, del que no me perdía uno porque incluía episodios de Embrujada y Los Monster.

Los sábados y los domingos eran geniales y es que había ración doble: también ponían dibujos después de comer. Heidi, Marco (que nunca me gustó especialmente porque era demasiado triste); Dartacán y los Tres Mosqueperros, La vuelta al mundo de Willy Fog y David el Gnomo, las primeras series de producción española (las firmaba Claudio Biern Boyd) que tuvieron éxito internacional.

Ahora bien, la orgía de programación infantil llegaba con las Navidades. Si en este instante me preguntaran por un recuerdo de mi infancia, diría sin dudar: una tarde de Nochebuena, comiendo turrón de yema y viendo el Correcaminos. Y es que para Navidad se reservaban los dibujos de más categoría: los de Disney, los de los Looney Tunes, Snoopy, Tom y Jerry. Me imagino que sería carísimo comprar material de estas productoras y que por eso se guardaban para ocasiones especiales. Un corto de Mickey Mouse (ya no digamos una película de Disney, que eso sólo se podía ver en el cine) era algo de lo que los niños de los 70 y primeros de los 80 no disfrutábamos muy a menudo.

Sé que me dejo mucho en el tintero: los inolvidables Payasos de la Tele, los Pitufos y Candy Candy (Uy, Candy Candy, ¡menudo culebrón!). Pero seguro que vosotros me ayudáis a completar la lista. ¿Os animáis a poneros nostálgicos conmigo? Seguro que más de uno ya está tareando la cancioncilla de su serie favorita.

Antes de despedirme, os dejo este link a un corto de Tom y Jerry interpretando la Rapsodia Húngara número 2 de Liszt; para mí, uno de los grandes momentos de la historia de la animación. Atención a las caras del ratón.

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