Será porque hoy estoy viendo nevar desde mi ventana y nevar es como llover pero despacito: la nieve sugiere lentitud, calma, silencio, sosiego…; invita a acurrucarse y suspirar; invita a reflexionar…

Será por eso que me ha dado por renegar de la aceleración vital en la que (yo y desgraciadamente la mayoría de la gente que conozco) me hallo sumida. Parece que hoy en día la clave del éxito y de la felicidad está en el “cuanto más mejor”. Palabras como productividad, velocidad, aprovechamiento y rendimiento guían nuestras vidas. Vivimos en un mundo regido por horarios, prisas, objetivos, competititividad. Haced una prueba bien sencilla: cuando estéis parados en un semáforo en rojo con el coche, no arranquéis nada más ponerse en verde; comprobaréis que no pasa ni un segundo antes de que el del coche de atrás os increpe con un sonoro toque de claxón.

Cuando luchamos permanentemente por convertir los segundos en minutos y los minutos en horas, ¿qué sitio dejamos al disfrute, al placer, a la simple experiencia de vivir la vida y no correr contra ella? Creo que la sociedad actual se encuentra sumida en un lamentable error de concepto en cuanto al ritmo al que deben hacerse las cosas.

Por supuesto, yo no soy la primera en caer en esto. La filosofía Slow ya tiene unos cuantos años. Surgió allá por los noventa en Italia, ligada a la alimentación: el Slow Food en contraposición al Fast Food, o lo que es lo mismo, la comida sana, pausada y elaborada en contraposición a la hamburguesa prefabricada que te engulles de pie en diez minutos. Después, esta idea de tomarse las cosas con calma ha ido calando en otros muchos ámbitos como la educación, los viajes, el sexo… la vida en general -hay incluso ciudades Slow-. El libro In praise of Slow (Elogio de la lentitud) de Carl Honoré, es uno de los máximos exponentes del movimiento Slow –http://www.carlhonore.com/?page_id=6-.

Es especialmente preocupante que esta vida de metas que nos hemos impuesto la hayamos trasladado a la educación de nuestros hijos. Dicen las estadísticas que entre un 4% y un 6% de los niños de entre 6 y 16 años pasa por episodios de depresión y un 5% de los adolescentes sufre un trastorno de ansiedad. ¡Por Dios, eso son enfermedades de adulto! ¿Qué les pasa a los niños de hoy en día?

En otro de sus libros, Under Pressure, Carl Honoré reflexiona sobre esto. La realidad es que hemos contagiado a nuestros hijos de nuestra aceleración. Con la mejor de nuestras voluntades y con la intención de sacar de ellos lo máximo, les hemos convertido en uno de nuestros proyectos y nos hemos olvidado de lo que son  -niños- para establecer todo un plan de lo que queremos que sean. Les hemos programado sus días, desde que se levantan hasta que se acuestan: además de la escolarización necesaria, les apuntamos a clases de violín, de chino, de manualidades, al método Kumon, tenis, ballet. Hemos programado incluso sus momentos de ocio con agendas de fiestas de cumpleaños y otras reuniones con los que queremos que sean sus amigos, con deportes los fines de semana, con actividades que por supuesto son para niños, pero son actividades… ¡No podemos verlos quietos un segundo! ¡Nosotros no podemos estar quietos un segundo para verlos a ellos quietos un segundo! Un niño, ante todo, necesita jugar, pero jugar libre, con su imaginación , con  otros niños, sin reglas más que las que él mismo se imponga, sin horarios… ¿Recordáis cuando nosotros jugábamos en la calle, en un mundo de niños, en el que los adultos sólo intervenían para llamarnos a merendar? Ahora, también queremos programar su tiempo libre.

Sé que en las puertas de los colegios se establecen auténticas competiciones entre padres a cuenta de las supuestas habilidades de sus hijos: el mío ya lee, el mío ya se sabe las tablas de multiplicar, el mío suma desde los tres años… Y sé de padres que intentan que sus hijos aprendan a leer o a escribir antes de que les enseñen en el colegio por eso de que vayan adelantados, forzando a los niños a ir a un ritmo que no es el que les corresponde, como si el desarrollo intelectual y emocional de sus hijos fuera una carrera contra los hijos de los demás.

Pues bien, según la filosofía Slow, cada cosa a su tiempo, con los niños también, con los niños sobre todo. Démosles un respiro y dejemos que sean niños, que crezcan y maduren a su ritmo y no al nuestro. Por supuesto, nosotros, como padres, debemos acompañarlos en este proceso: tutelarlos, guiarlos, apoyarlos, pero no empujarlos a crecer.

Así es con respecto a los niños, pero el Slow es una filosofía estupenda para todo. La cuestión es bien sencilla, no se trata de hacer las cosas despacio -yo me considero una persona activa que me aburriría solemnemente si hiciera todo a ritmo de tortuga-, se trata de hacerlas al ritmo adecuado. El problema es que hemos trasladado los ritmos acelerados que nos exige nuestra dimensión profesional a toda nuestra vida: nos aceleramos en el trabajo y ya no sabemos parar. No sabemos disfrutar de una buena comida sin mirar el reloj, ni dar un paseo tranquilamente sin tener que llegar a ningún lado; no sabemos dejar el reloj en casa, ni siquiera en vacaciones; no sabemos improvisar, porque la improvisación requiere salirse del plan y lo que se sale del plan nos genera pánico; no sabemos viajar sin una agenda de museos, compras y actividades que apenas dejan tiempo para sentarse a descansar los pies… A propósito del Slow Travel, últimamente he descubierto que los viajes que más disfruto son aquellos en los que no me pongo objetivos: si voy a Roma y no me da tiempo a ver el Coliseo, pongamos por caso, me da igual, ya volveré. Si voy a París y todo lo que hago es levantarme tarde, desayunar tranquilamente en un café y dar un paseo por el Sena, me doy por más que satisfecha; paso de estresarme por no llegar la primera a la cola del Louvre.

Para no aburriros con más sobre lo mismo: lo dicho, que yo me apunto al Slow… Aunque todavía no sé como hacerlo sin que el resto me atropelle al pasar… ¿Os apuntáis vosotros también?

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