No soy de sorteos ni concursos. Quiero que mis éxitos o mis fracasos dependan exclusivamente de lo que puedo controlar, de mis posibilidades. Y los sorteos fundamentalmente, pero también los concursos, tienen un componente de azar que, como no domino, prefiero evitar. Con esta filosofía, quién me iba a decir a mí que este blog, entre otras cosas, iba a ser producto de un concurso. Esta claro que no se puede decir: de este agua no beberé…

Disculpadme. No he hecho más que empezar y ya estoy divagando. Con todo esto vengo a deciros que no soy jugadora habitual de loterías, cuponazos, quinielas o primitivas… Salvo en Navidad. Más por tradición que por ludopatía, me gusta comprar todos los años alguna participación. Y creo que, como a mí, esto le pasa a mucha gente.

Este fin de semana, durante una comida familiar, nos dedicamos a fantasear con lo que uno haría si le tocase el gordo. Pagar la hipoteca, repartirlo entre los hijos, invertirlo, ahorrarlo, malgastarlo, colocarlo en un depósito al 4%… Da igual. Lo importante fue ese ratito de ilusión que compartimos junto con el cocido de los sábados. Mi cuñado Javier y yo llegamos a la conclusión de que, al fin y al cabo, ya sea un décimo o una participación, el de la lotería de Navidad es un precio justo que se paga por un momento de ilusión, en unas fechas propicias a soñar y a tener ilusiones. Y fue presisamente mi cuñado Javier quien me animó a escribir sobre esto en el blog; así que, Javi, este va por ti.

La lotería de Navidad no lo es sólo por celebrarse a pocos días del 25 de diciembre. Además, está impregnada del espíritu navideño, quizá más que muchas otras cosas en estos días. Es de los pocos sorteos en los que a la gente le gusta compartir su suerte: se regala, se intercambia, se envía grapada a una felicitación navideña acompañando a los buenos deseos para el año que entra. Empresas, instituciones y colectivos juegan un número en común y se unen en la ilusión y la esperanza de que les toque a todos el gordo. Quizá también por esta naturaleza navideña, se dice que el gordo de Navidad cae en aquellos lugares en los que se ha sufrido una desgracia reciente. Por eso, el año de la catástrofe del Prestige muchos fueron los que compraron su décimo en Galicia.

Lo que es evidente es que las fiestas empiezan el 22 de diciembre, con la retrasmisión del sorteo por la televisión y la radio y con las imágenes de alegría de aquellos que se han visto agraciados con los primeros premios. No importa donde y a quien le caiga el gordo, todos los años las imágenes se repiten: para cuando llegan las cámaras, ya están algo ebrios de felicidad y sidra El Gaitero, y, engalanados con espumillón y gorritos de Papá Noel, brincan, saltan y muestran su felicidad al mundo entero. Sí, señor, es entonces y no antes cuando empieza la Navidad.

Así que yo, año tras año, seguiré jugando, no mucho, pero lo justo para que la ilusión no se apague. Aunque sé que es dífícil que me toque el gordo. Ya me tocó una vez, un 22 de diciembre del 2005: pesó 3,380 kilos, midió 55 centímetros y le pusimos de nombre Luis; nació sólo diez minutos después de que los niños de San Ildefonso cantaran el primer premio. Desear que la suerte llame dos veces a mi puerta el mismo día sería avaricia. Me conformo con participar de la alegría colectiva que inspira el sorteo de Navidad de la Lotería Nacional.

Y si tenéis curiosidad por saber un poco más sobre el origen del sorteo, os dejo este link: http://www.elpais.com/sorteo/loteria-navidad/historia.html

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