Hoy en día es fácil olvidarse de la esencia de la Navidad. Una esencia que, paradójicamente, no tiene sólo que ver con la religión, porque es una esencia común e inherente a la naturaleza humana. Para mí, la Navidad debería ser el momento de rescatar todo lo bueno que hay en cada uno de nosotros y compartirlo con los demás. La esencia de la Navidad es la esencia de la bondad humana. Algo así de simple. Algo así de complicado.

A veces se hace difícil creer en la bondad de la naturaleza humana. Pero basta con mirar alrededor para volver a confiar. Hace tiempo, mirando alrededor, me encontré con una historia maravillosa. Una historia humana. Un historia de bondad. Una historia mágica. Una historia de Navidad. Pero lo mejor de todo es que se trata de una historia real, rigurosamente cierta y, lo más sorprente, una historia de guerra.

24 de Diciembre de 1914. Ypres, Bélgica.

Hace un frío espantoso. Tras días de llover sin tregua y sin clemencia, ha caído una helada que ha cubierto de blanco el campo de batalla. Un blanco teñido de gris, sucio. En la trinchera huele a pólvora y a lodo, a cloaca y a pestilencia humana. Es Navidad.

Por la mañana ha llegado un paquete de Suffolk, de su casa. Ya ha tenido tiempo de leer un par de veces la carta que le envían sus padres. Ha tenido tiempo de sonreír y de llorar, de echar de menos a su familia hasta el dolor. También había un par de calcetines gordos de buena lana y un pedazo de Christmas pudding. Era un paquete lleno de calor y de hogar. Puede que sea cierto, puede que sea Navidad.

Son las seis de la tarde y la noche ha caído sobre los campos de Ypres. Se ajusta las botas desgastadas y cubiertas de barro, se abrocha el gabán frío y empapado, se pone el casco y se echa al hombro la bayoneta. Tiene que relevar a la guardia. En el bolsillo se ha metido un poco de Christmas pudding.

Las trincheras enemigas están a menos de cuarenta metros. Entre medias, las alambradas y un campo yermo, horadado, negro y cubierto de cadáveres sin retirar. Las trincheras se ocultan bajo parapetos de madera, sobre ellos, los alemanes llevan días colocando ramas adornadas con cintas de colores y casquillos de bala, con lo que pillan. Tannenbaum.

De pronto, le parece ver una luz temblando a lo largo de las protecciones de madera. Luego otra, y otra, y otra más. Son velas. Velas que iluminan la noche negra, que dibujan la silueta de las trincheras enemigas. Y se oye una canción.

-¿Escuchas? Es Noche de Paz -le susurra su compañero al tiempo que comienza a tararear. Él también lo hace. Es pegadiza la dichosa canción. Se lleva la mano al bolsillo y aprieta suavemente su pedazo de Christmas pudding. Los dedos le huelen a mantequilla, a gengibre y a fruta confitada. Es Navidad.

 
 
 
 
 

Soldados ingleses y alemanes fotografiados juntos en la Navidad de 1914

-¡Oye, Fritz! -grita su compañero. No se sorprende. Algunas veces se gritan de una trinchera a otra.

No hay respuesta…

-¡Eh! ¡Oye! ¡Buenas noches! -insiste. Está a punto de decirle que cierre la boca. Déjalos cantar en paz.

-¡Buenas noches! -se escucha al fin al otro lado de la noche.

-¿Cómo estás?

-Bien. ¿Y tú?

-Bien. ¿Por qué no vienes aquí, Fritz?

-Si voy, me dispararéis.

-No, no lo haremos. Ven y te regalo un pitillo. Es Navidad.

-No tengo miedo.

-Entonces, ven. ¡Vamos!

-No. Sal tú primero y nos encontraremos en el medio.

¿Está loco? Piensa. ¿En serio está dispuesto a salir? Sí lo está. Su compañero se está llenando los bolsillos de cigarrillos. Aún entona Noche de Paz cuando sube a lo alto de la trinchera. Lo ve alejarse veinte metros a través del campo, el hielo crujiendo bajo las botas y el aire gélido inflando su gabán. Pedazo de chiflado. Te van a pegar un buen tiro.

Pero no se oye ni un disparo. En mitad del campo hay un par de Fritz desarmados. Se estrechan la mano.

-¡Eh, chicos! ¡Venid! ¡Los alemanes tienen queso y aguardiente!

Se vuelve a llevar la mano al bolsillo. Él tiene un buen pedazo de Christmas pudding. Apoya la bayoneta en el muro y empieza a subir. Todos los soldados están saliendo como ratas de sus agujeros para encontrarse en medio de la No Man’s Land, la Tierra de Nadie. Sin armas, sin miedo, sin rencor. Es Navidad.

Esto es un relato novelado de cómo pudo comenzar lo que se conoce como Christmas Truce, la Tregua de Navidad. Pero según las cartas y testimonios de los que la vivieron no fue muy diferente. Fue una tregua no oficial, que surgió de forma espontánea (incluso frente a la oposición del alto mando de ambos ejércitos) a principios de la Primera Guerra Mundial. Se extendió por buena parte del frente occidental, en su mayoría durante el 24 y el 25 de diciembre, pero en algunos lugares hasta después de Año Nuevo. Lamentablemente, no fue una tregua total, pues en otros campos de batalla se siguió combatiendo.

Durante esos días, aquellos soldados, ingleses y alemanes, hombres al fin y al cabo, dejaron de lado sus diferencias para cantar juntos, beber y comer juntos, intercambiar regalos, anécdotas, chistes, felicitaciones e, incluso, recoger a sus muertos, los que habían caído en terreno enemigo, y celebrar una ceremonia de enterramiento conjunta. Algunos llegan a decir que se jugaron partidos de fútbol entre ambos bandos, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo acerca de la veracidad de este hecho.

Sea como fuere, no creo que pueda haber mayor expresión del espíritu navideño, ni mayor prueba de fe en la bondad humana.

Con esta bonita historia, imbuída de su espíritu, os deseo que paséis una muy, muy feliz Navidad, y que vuestra tregua no sea sólo el 24 y el 25 de diciembre, sino todos y cada uno de los días de vuestra vida.

¡FELIZ NAVIDAD!

http://www.christmastruce.co.uk/

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