Voy a hablaros de alguien que se priva voluntariamente del alimento, que practica ritos depurativos y que se inyecta veneno bajo la piel, entre otros castigos corporales. No, no se trata de un monje asceta cristiano, ni de un sadhu hindú, ni siquiera de un sadomasoquista (bueno, según se mire). En realidad, me estoy refiriendo a alguien mucho más cercano y cotidiano: la mujer, género al que, en ocasiones, me enorgullezco de pertenecer a pesar de nosotras mismas.

Es hoy en día cuando se puede decir que las mujeres tenemos mayor control de nuestras vidas y mayor poder, sin embargo, tengo la sensación de que ese control y ese poder a veces se vuelve en contra nuestra. Nos hemos convertido en esclavas de nosotras mismas y de nuestras aspiraciones en muchos ámbitos; en el profesional y el familiar, sobre todo (daría para una tesis), pero también en el estético. Somo esclavas de nuestra belleza y, lo que es peor, de la de las demás. Y no hay esclavitud más despiadada, inhumana e irresoluble que la autoesclavitud.

Soy consciente de que me meto en un terreno espinoso y de que mucho de lo que aquí escriba puede ser polémico y rebatible. Aún así, estoy dispuesta a arriesgarme a recibir (y dar la bienvenida a) vuestras críticas.

La belleza en el siglo XVII

Empecemos por sentar las bases de lo que es la belleza. La RAE define belleza como:  “Propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas“.De este modo consigue la RAE salvar bien la papeleta de definir algo tan complejo, intangible y subjetivo como la belleza. Pero ni la RAE ni nadie puede captar la esencia de la belleza. La belleza no es un concepto, es una sensación, incluso un sentimiento; la belleza es, sin duda, un estado de ánimo. Aspirar a la belleza es como aspirar a la bondad o a la felicidad: loable pero, perdonadme la expresión, jodido. Simone de Beauvoir decía que la belleza es incluso más difícil de explicar que la felicidad. Y si es difícil de explicar, cuánto más de alcanzar. Por supuesto que hay cánones estéticos y de belleza, pero, aunque válidos en una esencia mínima, son cambiantes y en absoluto universales (y si no, fijaos que la celulitis tuvo su momento de gloria). 

Fotografía de Man Ray a una belleza de principios del siglo XX

Pues, bien, a pesar de lo visto y lo dicho, las mujeres nos empeñamos en dar caza a la belleza casi con más tesón que a la felicidad y empleamos en ello sufrimientos, privaciones y grandes sumas de dinero. Y yo insisto: ¿qué belleza perseguimos? Nadie lo sabe, por eso nunca estamos satisfechas. Si tenemos el pelo rizado, lo queremos liso; si estamos gordas, queremos estar delgadas y si estamos delgadas, queremos tener buena cara y unos senos turgentes; si tenemos el bolso de moda, queremos los zapatos de moda, o incluso los de moda del año que viene… Da igual, no hay saciedad posible a nuestros apetitos estéticos.

Y no me malinterpretéis, no promuevo con esto el aspecto descuidado y la falta de estética. Vale que la belleza está en el interior, pero también en el exterior, no nos engañemos. Por eso es tan importante cuidarse tanto por dentro como por fuera. Sería triste, incluso ingrato y señal de que nos queremos muy poco, si no sacásemos el máximo partido de nuestras virtudes físicas (todo el mundo las tiene); sería como no limpiar ni arreglar la casa cuando se estropea o como no cuidar el jardín y dejar que las hojas secas cubran el césped y las malas hierbas crezcan sin tino.

Una belleza de hoy

Ahora bien, lo importante es la motivación. ¿Por qué queremos estar bellas? Puede ser para sentirnos bien con nosotras mismas o únicamente para gustar a los demás, para lograr su admiración. En el primer caso, los esfuerzos por alcanzar la belleza no nos pareceran tan duros y siempre obtendremos una recompesa justa y satisfactoria: sentirnos guapas y sentirnos bien mejora nuestro humor y nuestra autoestima. Pero, cuidado, que sea nuestra autoestima lo que queremos mejorar y no la estima de los demás. Pretender sólamente la estima de los demás nos embarcará en una tarea imposible y frustrante, nos convertirá en esclavas de nosotras mismas, porque ya lo he dicho antes: no existe la belleza absoluta, lo que para unos es bello para otros no tanto o, incluso, nada.

Por lo tanto, mujeres del mundo, someteos a regímenes, tratamientos de belleza, cirugías estéticas y agotadoras sesiones de shopping, en la medida de vuestras posibilidades, pero hacedlo con un solo fin: vosotras mismas y vuestro bienestar. Eso sí, sed clementes con vuestro aspecto, quereos un poco más, y valorad y cuidad lo que tenéis, es vuestro mejor activo. Me aplico el cuento.

Kate Moss y Laetitia Casta, dos iconos de belleza muy diferentes.

 

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