María Antonieta

Habíamos dejado a nuestros personajes a punto de entrar en escena. El cardenal de Rohan, en manos de la malvada e intrigante condesa de La Motte, María Antonieta, ajena a lo que se le venía encima, y el collar millonario, sin dueño.

Rohan, ingenuo de él, estaba convencido de la maravillosa labor que estaba haciendo Jeanne de Valois intercediendo por él ante la reina. Tenía cartas de María Antonieta -falsas- y promesas de reconciliación -falsas también-. Pero lo que Rohan anhelaba era un encuentro personal con la hermosa María Antonieta, e insistía e insistía para verla.

La condesa de La Motte, ante las proporciones que adquiría la bola de nieve de su mentira, podría haber acabado aquí con la farsa, pero claro, se habría cerrado el grifo monetario de Rohan. Así que, sin reparo, dejó que la bola siguiera rodando montaña abajo y, es más, orquestó una escena digna de la mejor comedia de Moliére.

LA FARSA DEL BOSQUECILLO DE VENUS

Si Rohan quiere ver a la reina, verá a la reina… o casi, pensó La Motte, entornando los ojos con un pensamiento avieso.

La Motte sólo necesitaba que la reina se prestase a ello. Como con la auténtica no se podía contar, tenían que buscar a una falsa. De eso se encargó su marido, Nicolás La Motte, que se manejaba bien por los bajos fondos de París. No tardó en dar con la mujer perfecta, una prostituta que se elevaba a la categoría de actriz, llamada Marie-Nicole Leguay, cuyo parecido con la reina era asombroso.

Los La Motte falsificaron una nueva carta en la que la reina citaba al cardenal en un rincón arbolado de los jardines de Versalles, conocido como el Bosquecillo de Venus. Por supuesto, poco antes del alba, para que hubiera media luz. Cogieron a la furcia incauta, la ataviaron con un suntuoso vestido similar al que la reina llevaba puesto en uno de sus retratos, y una amplia pamela que dejaba su rostro semioculto.

Marie-Nicole Leguay, nombrada condesa de la Oliva.

Al abrigo de un árbol, y con los La Motte como unos pilluelos escondidos en la maleza, aguardaba una Marie-Nicole nerviosa, que sólo creía que iban a gastarle una broma a un amigo: se había limitado a aprenderse una frase que debía decir a un caballero a la par que le entregaba una rosa. Marie-Nicole vio como entre las sombras se aproximaba un hombre de ademanes afectados que se arrodilló a sus pies con prosopopeya y besó devoto el borde de encaje de su falda. Confusa y atropellada, Marie-Nicole, dejó caer la rosa y, no menos confusa y atropellada mas intetando poner acento de principesco, pronunció: “podéis considerar que todo lo anterior está olvidado“. Justo entonces, los La Motte salen de su escondite al grito de alarma: “¡Rápido! ¡Que viene Madame de Artois!”, quien debía de ser una señora terrible, pues el grupo desapareció al instante entre los arbustos bien recortados de Versalles.

El cardenal estaba embelesado, no despegaba la nariz de la rosa que habían tocado las dulces manos de la reina y ya se veía Primer Ministro de Francia, como poco. Los La Motte lo tenían tiernito para el siguiente golpe.

EL ASUNTO DEL COLLAR

Por supesto, a Jeanne La Motte no se le había pasado por alto la existencia del collar. Y lo quería. Pensó que sería fácil escribir otra cartita falsa en la que María Antonieta solicitaba al cardenal de Rohan que hiciese de intermediario por ella en la compra del collar. El cardenal dudó, la joya era escándalosamente cara, pero se moría por satisfacer los reales deseos. Fue a ver a los joyeros y, tras negociar con ellos una rebaja del precio, firmó en nombre de la reina un contrato de pago a dos años en cuatro cómodos plazos. Boehmer y Bassange le entregan el collar a Rohan, quien a su vez, en medio de un treatral sigilo, se lo pasa a un criado de la reina, que no es otro que un cómplice de los La Motte.

A estos les falta el  tiempo para deshacerlo e intentar vender los diamantes en París, lo que lleva a un desplome del precio de las gemas en el mercado. Los joyeros alertan a la policía. Detienen a un cómplice de los La Motte, pero ahí se queda la cosa -después de todo, los condes son personas influyentes-. Nicolás La Motte se lleva el resto de la joya a Inglaterra; allí no tiene ningún problema para vender los diamantes a bajo precio.

SE DESCUBRIÓ EL PASTEL

María Antonieta y Boehmer. Fotograma de una película francesa.

El verdadero problema surge cuando se acerca la fecha de vencimiento del primer plazo. La condesa desconoce los términos del contrato que ha firmado Rohan, pero empieza a darse cuenta que su estafa se tambalea. Rohan está escamado de que la reina no luzca la joya en público, Jeanne se teme que nadie va a pagar la joya… La cosa se pone fea.

 En nombre de la reina, Jeanne de Valois pide a los joyeros una rebaja del precio, para ganar tiempo.  Estos se la conceden. Pero en una de sus visitas frecuentes a la corte, Bohmer, le entrega a María Antonieta una carta en la que le dicen que “aceptan humildemente su petición”. La reina la lee, no entiende nada y la rompe.

La condesa de La Motte empieza a asustarse del cariz que están tomando los acontecimientos y decide destapar la farsa. Va a ver a los joyeros y les confiesa que la garantía de pago de la reina es falsa, pero que el cardenal de Rohan, que es un hombre muy rico, pagará el collar. Los joyeros desconfían, saben que Rohan está muy endeudado, y desesperados como están, deciden ir a ver a la reina, creyendo que ella tiene el collar. Es entonces cuando el castillo de naipes se viene abajo.

María Antonieta, enfurecida contra Rohan por haber usado su nombre fraudulentamente, exige que rueden cabezas.

LAS CONSECUENCIAS

Dicen las crónicas que la mayor consecuencia de este episodio fue el estallido de la Revolución Francesa. Es una conclusión un poco simplista, porque el origen de la Revolución Francesa es mucho más complejo. Pero sí podría afirmarse que el asunto del collar fue la mecha que prendió el polvorín.

María Antonieta, que en realidad no había tenido nada que ver con esto y sólo había sido una víctima más, se convirtió en la mala de la película porque sus detractores se encargaron de que todo se volviera en su contra. Tampoco ella actuó con inteligencia en este caso, pues cegada por la ira y el odio secular que le tenía a Rohan, se empecinó en hundir al cardenal y le salió el tiro por la culata.

Al ordenar la detención del cardenal de Rohan, la nobleza francesa, que siempre había tenido manía a la reina extranjera, se le echó encima, tachándola de traidora y desleal e iniciando una campaña de desprestigio contra ella.

Por su parte, el pueblo observa cada vez con más indignación como reyes y nobles timan, engañan y malgastan el dinero en diamantes mientras ellos se mueren de hambre.

El cardenal, los condes de La Motte y todos sus complices son detenidos -incluída Nicole Leguay-. Son juzgados por el Parlamento en un proceso público que despertará un gran interés, no sólo en Francia, sino también más allá de sus fronteras. El conde de La Motte es condenado a galeras y la condesa a prisión perpetua; ambos son marcados a hierro con la V de voleur (ladrón). Todos los demás son absueltos, incluído el cardenal, lo cual desprestigia enormemente a la monarquía y a la reina que había presionado para que se le condenase. No contenta con el resultado del jucio, María Antonieta le pide al rey que obligue a Rohan a dimitir de su puesto como capellán real. El rey accede y este hecho es interpretado por el pueblo como un desaire y una falta de respeto a las decisiones del Parlamento.

Por otro lado, Jeanne de Valois consigue huir de la cárcel y se exilia en Londres, desde donde escribe unas memorias en las que tacha a la reina de lesbiana, sádica y derrochadora. Curiosamente, se convierte en una heroína para el pueblo.

Menos de cuatro años después, en 1789, estalla la Revolución. El rey y la reina son guillotinados, la nobleza perseguida y la condesa de la Motte invitada a regresar a Francia entre honores populares. Nunca regresó, se tiró por un balcón de su casa de Londres en un ataque de manía persecutoria.

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